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El costo de la deuda y el riesgo para las regiones

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22.04.2026

Hay momentos en que las cifras dejan de ser simples números y empiezan a contar una historia. La que hoy nos está contando el presupuesto nacional no es una historia menor ni lejana. Según el análisis del Observatorio Fiscal de la Pontificia Universidad Javeriana sobre el anteproyecto del Presupuesto General de la Nación de 2027, Colombia podría destinar $124,5 billones al servicio de la deuda, y de ese monto cerca de $90 billones serían únicamente para pagar intereses. Es decir, una parte cada vez más grande de los recursos públicos ya no estaría orientada a construir país, sino a cubrir el costo de lo que se debe.

Ese dato, por sí solo, merece atención. Pero su verdadera dimensión aparece cuando se mira junto a otro: mientras el servicio de la deuda sigue creciendo, la inversión caería a $82,9 billones. En otras palabras, el país podría terminar gastando más en intereses que en inversión pública. La deuda representaría el 24,9% del presupuesto, mientras la inversión bajaría al 13,8%. Ahí está, quizás, la señal más inquietante de todas: cuando un Estado empieza a gastar más en sostener su endeudamiento que en sembrar futuro, algo profundo empieza a cambiar en la estructura de sus prioridades.

Porque el problema no es solamente cuánto debe Colombia. El problema real es cuánto le cuesta sostener esa deuda y, sobre todo, qué está dejando de hacer para pagarla. El mismo análisis advierte que, aunque el presupuesto de 2027 aumentaría en términos reales $19,1 billones, ese crecimiento no obedecería a una expansión de programas, obras o soluciones para los ciudadanos. Se explicaría, principalmente, por el aumento del servicio de la deuda, que crecería en $43 billones. Al mismo tiempo, el gasto de funcionamiento caería en $12,6 billones y la inversión en $11,3 billones. Es decir, el mayor gasto no significaría un Estado más fuerte ni más presente, sino un presupuesto más presionado por sus compromisos financieros.

Hay otro dato que debería hacernos reflexionar con seriedad. El pago de intereses quedaría prácticamente al nivel del presupuesto de Educación y superaría ampliamente el de Salud y Protección Social. Cuando una Nación empieza a destinar casi lo mismo a pagar intereses que a educar a sus niños y jóvenes, o cuando esos pagos superan áreas esenciales del bienestar social, el debate fiscal deja de ser una discusión reservada a economistas y tecnócratas. Se convierte, necesariamente, en una conversación sobre el modelo de país que estamos construyendo.

Porque un presupuesto rígido no solo limita la capacidad de maniobra del Gobierno. También reduce el margen para responder a nuevas necesidades, sostener políticas sociales, cerrar brechas históricas y acompañar el desarrollo de los territorios. La deuda, que bien manejada puede ser una herramienta útil para impulsar inversión y crecimiento, empieza a convertirse en un peso excesivo cuando su costo desplaza la capacidad de sembrar futuro. Y ese desplazamiento no se queda atrapado en documentos técnicos ni en cuadros financieros. Baja a la vida real de la gente.

Ahí es donde las regiones entran en escena. Y ahí es donde el Huila tiene razones suficientes para observar este panorama con legítima preocupación. Cuando la Nación entra en estrechez fiscal, los territorios suelen sentirlo primero. Menos espacio fiscal en Bogotá suele traducirse en menos cofinanciación, más demora en los giros, más aplazamientos presupuestales y más incertidumbre sobre la continuidad de proyectos estratégicos. Lo que en los informes nacionales aparece como ajuste, en la realidad regional se expresa en obras frenadas, programas debilitados y oportunidades que se siguen postergando.

Y el Huila no está en condiciones de mirar esto con indiferencia. Nuestro departamento necesita recursos para mejorar su infraestructura vial, fortalecer su sector agropecuario, avanzar en saneamiento básico, mejorar la conectividad, respaldar la movilidad urbana y consolidar apuestas de competitividad que son esenciales para su futuro. Proyectos como la Ruta 45, el Sistema Estratégico de Transporte Público de Neiva y tantas otras inversiones regionales dependen, en buena medida, de que la Nación tenga capacidad para acompañarlos. Pero si el presupuesto nacional empieza a ser absorbido por el peso de la deuda, la incertidumbre sobre esas apuestas crece inevitablemente.

Por eso esta discusión no puede quedarse encerrada entre ministerios, calificadoras, centros de pensamiento o expertos en macroeconomía. Lo que está en juego es mucho más que un equilibrio contable. Está en juego la capacidad del Estado para seguir invirtiendo en regiones que todavía tienen brechas históricas, necesidades urgentes y enormes potencialidades por desarrollar. Si Colombia entra en una etapa en la que pagar intereses pesa más que invertir en desarrollo, el costo no será solo macroeconómico. Será también territorial, social y humano.

La preocupación del Huila, entonces, no nace del alarmismo ni de una lectura exagerada. Nace de la realidad. Una región que depende en buena parte de transferencias, regalías y respaldo nacional no puede ver con tranquilidad cómo la inversión pierde espacio frente al costo de la deuda. Mucho menos cuando necesita continuidad en proyectos que son fundamentales para su crecimiento, para su competitividad y para mejorar la calidad de vida de sus habitantes.

Claro que Colombia necesita responsabilidad fiscal. Eso no está en discusión. Pero la responsabilidad fiscal no puede terminar convertida en una fórmula que sacrifique, una y otra vez, la inversión pública. Porque invertir no es un lujo. Invertir es construir futuro. Es cerrar brechas, generar empleo, conectar territorios, mejorar servicios y crear oportunidades reales para los ciudadanos. Cuando la inversión empieza a ceder de manera sistemática para abrirle paso al costo de la deuda, el país no solo estrecha sus cuentas: también estrecha sus posibilidades de crecer con equidad.

Los datos del Observatorio Fiscal de la Javeriana son, en ese sentido, una advertencia seria. Colombia está entrando en una etapa en la que el servicio de la deuda puede empezar a condicionar de manera creciente las decisiones presupuestales. Y eso, para una región como el Huila, representa una preocupación apenas natural. Porque cuando la deuda desplaza la inversión, no solo se aplazan cifras en una hoja de cálculo. Se aplazan carreteras, hospitales, sistemas de transporte, apoyo al campo, oportunidades para los jóvenes y posibilidades reales de desarrollo para los territorios.

De ahí la necesidad de insistir en un manejo serio de las finanzas públicas, pero también en una defensa firme de la inversión regional. El reto no es menor. Se trata de evitar que Colombia normalice un presupuesto donde el costo de la deuda siga ganando terreno mientras las regiones siguen esperando respuestas. Y se trata, sobre todo, de recordar que el equilibrio fiscal solo tendrá legitimidad si también sirve para proteger el desarrollo de los territorios. Ese debería ser, precisamente, el sentido de un verdadero Acuerdo para Vivir Mejor.


© Diario del Huila