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Dos Sevillas

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21 de abril 2026 - 03:05

Venía de la Maestranza, más de 12.000 personas que sin ponerse de acuerdo fabrican el silencio más plástico que se conoce, tanto que se escucha la respiración del toro. La Maestranza es un escaparate de Sevilla, trasmina la sensación de ciudad privilegiada por la historia, las tradiciones, los siglos y el río. Los miles y miles de taurinos lo saben, y lo viven con una espontánea naturalidad. Algunos días, como el pasado viernes, coinciden dos constelaciones en la ciudad. En el caso que refiero, la final de la Copa del Rey. Dos equipos singulares –Atlético de Madrid y Real Sociedad de San Sebastián– se allegaron a Sevilla. Ya en la noche, cuando se disolvió el gentío de la Maestranza, Sevilla era un principio de hervidero de camisetas rojiblancas y blanquiazules. Dos aficiones se acercaron a la ciudad elegida para la final del torneo. Llegaron con la curiosidad, los cánticos y el deseo irrefrenable de ganar. Al día siguiente, las calles de Sevilla estaban llenas de aficionados. Los abonados a la Maestranza, los taurinos, eran mayoritariamente personas elegantemente vestidas, con chaquetas ligeras de colores alegres, bonitas corbatas y elegancia. Las mujeres, no les iban a la zaga, todas habían elegido muy bien su atuendo para la corrida, sin importarles el sol, que apretó lo suyo en los tendidos de su dominio. Al día siguiente, y esa misma noche, el fútbol había impuesto el uniforme de rayas rojiblancas y blanquiazules, y los cánticos electrizantes, no sonaba la música en los tendidos, las voces se elevaban al cielo de Sevilla, una de las ciudades más hermosas del mundo. Se lo oí decir a un donostiarra, que no la conocía. Añadiendo que la suya no le quedaba lejos. Era como una final de ciudades bonitas a más no poder. Volví a Cádiz para ver perder a los madrileños y oír la pitada al himno nacional de España. Puede que un día de estos los donostiarras se vean obligados a oír una gran pitada al himno de los vascos, nadie escarmienta en cabeza ajena y si algo tiene que salir mal siempre sale. Pero nadie me lo hubiera dicho viéndolos por las calles de Sevilla, tan alegres, tan enamorados de una ciudad maravillosa, que se mutarían en lo que ha visto el mundo entero. Uno a uno nada tienen que ver con la manada brutal que todo lo arrolla.

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