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Tristeza increpante

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30.03.2026

30 de marzo 2026 - 03:08

Tienen los ojos más grandes y tristes de este mundo. Los he visto salir llorando de las exploraciones judiciales. Los he visto enmudecer cuando tienen que declarar quién sabe si por impotencia o apatía. Los he visto refugiados en unas zapatillas carísimas y sucias o en un chándal de brillos, al modo de los futbolistas célebres que ya son juguete roto. Los he visto esconderse bajo un corte de pelo cruel e inútil como una autolesión. Los he visto huir del mundo hundiendo su mirada en la soledad del móvil. Los he visto fingir indolencia para esconder su miedo. He conocido su misteriosa infelicidad, su angustia de vivir, su desconsuelo, su inocencia vencida y a la vez intacta.

No he entendido muchas veces su frágil rebeldía, su frío desprecio, su torpe egoísmo, su escondido grito de auxilio. Me ha dejado perpleja su sentimiento de abandono en un mundo de caprichos caros y ausencia de normas para quien no conoce aún los rigores de la vida. Ellas pintadas como Lolitas ocultando los últimos indisimulables destellos de la niñez. Ellos fingiendo dureza. Todos inhalando su desilusión adolescente en cigarrillos electrónicos de variopintos sabores.

Sus padres llegan al juzgado de menores desnortados. Los acompañan preguntándose qué han hecho mal, en qué han fallado. Avergonzados, encubriendo el mal comportamiento del que se sienten dolorosamente culpables o exigiendo lealtades. Llegan a veces sin dormir, arrastrando sus propias vidas malgastadas, con los uniformes de cuyo trabajo se han logrado escapar porque les da vergüenza pedir permiso y explicar las razones. Hay menores de padres ausentes y, entonces, aparecen con una abuela, con una tía, con algún familiar que ya tiene grabados en la cara los surcos de varias biografías familiares. Acuden los adultos a la citación sorprendidos porque ya no pueden seguir mirando para otro lado. Esperan un veredicto, un diagnóstico en esa extraña sala de urgencias con batas negras que son las vistas de medidas cautelares, los juicios.

Si me preguntaran dónde está la soledad no diría que en un geriátrico porque, los viejos tienen la compañía de sus recuerdos ni diría que en los hospitales porque, en la enfermedad hay tratamiento y cuidados. Si me preguntarán dónde anida con más fuerza la soledad diría que en un niño que ya no es niño, en un joven perdido.

Hay niños con la vida aún por delante y en los ojos la desesperanza increpante de Noelia Castillo.

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