menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

"Querer convertirse en zorro, o en caballo es distinto. Posiblemente una mera pose, un llamar la atención. Lo malo es que lo llame tanto, que se haga viral"

14 0
01.03.2026

Vi que ese colectivo llamado Therians, que se identifican con animales y pretenden convertirse en ellos, tenían una quedada en Pamplona. Enseguida pensé en Calígula que nombró senador a su caballo, Incitatus. A la cita acudió mucha gente, la mayoría adolescentes, pero todos curiosos, solo espectadores, ni rastro de estos animalistas extremos que dejan al Peta en nada. 

Los medios han prestado mucha atención a este happening, se ha visto como un ejemplo extremo de esta cultura de las identidades en la que vivimos, donde cada cual puede ser lo que le apetece, sin límites, en un supermercado en que se elige el modelo. Donde nadie ni nada es quién para poner límites. Donde cabe, al parecer, hasta deshumanizarse, renunciar a nuestra condición. 

Recuerdo una película de Jaime de Armiñán -el de aquel Juncal inolvidable- llamada Stico, en la que el gran Fernán Gómez daba vida a un viejo profesor de derecho romano, con problemas económicos, que se entregaba como esclavo a un antiguo alumno a cambio de cama y comida. Perdía su libertad a cambio de un buen pasar. Una metáfora de cómo se puede renunciar a ser libre a cambio de seguridad, de lo cómodo que resulta que alguien decida por nosotros, de la servidumbre voluntaria por la que nos sometemos de buen grado al poder. Es el viejo miedo a la libertad. 

Pero querer convertirse en zorro, o en caballo es distinto. Posiblemente una mera pose, un llamar la atención. Lo malo es que lo llame tanto, que se haga viral. Que circule por todas partes, y se contagie. Como si fuera algo guay. 

Quizás, he pensado, lo que hay detrás de esto es la tentación de escapar de la dificultad de ser humanos, de estar presos del desasosiego y la duda, enredados siempre en pensamientos y deseos. Mejor vivir como un gato perezoso, al que nada parece afectarle. Como una mascota llena de cuidados. Una especie de huida. Que elegancia, así, la del tigre. Que tranquilo el perro tumbado junto al fuego, dormitando. Que visión la del ave volando en lo alto, inalcanzable.


© Diario de Navarra