"Mi favorito es el humor blanco, exento de guiños ideológicos: comparen al gran Raúl Cimas o a Leo Harlem con el antaño humorista Gran Wyoming"
Uno tiene cincelados en un capitel los nombres de las personas que le hacen y le han hecho reír. Una carcajada disuelve la solemnidad y desenmascara nuestra rigidez mental. Todo se aligera, se relativiza: el humor abre la puertas de nuestro patio trasero mental. El humor desnuda a reyes, a presidentes, al vecino ríspido. El humor debe comenzar por uno mismo. Rompe la lógica.
Quizá, por ello, mis chistes y cómicos preferidos pertenecen a la estirpe del absurdo. No puedo presenciar 'La cantante calva' de Ionesco sin que me dé un ataque de risa. Adoro a los Hermanos Marx, cuyos mejores gags los escribió Buster Keaton quien, para mayor gloria, los escribió deprimido y alcoholizado en una oficina destartalada de la Metro Goldwyn Mayer. Alabado sea.
A esa rama torcida del absurdo pertenecían Tip y Coll y sus nietos, Faemino y Cansado quienes me han hecho reír hasta la asfixia. El humor no duele. De hecho, la anestesia se inventó a finales del siglo XIX gracias al óxido nitroso, el gas de la risa, en cuyas moléculas esperaba el fin del dolor físico. Mi favorito es el humor blanco, exento de guiños ideológicos: comparen al gran Raúl Cimas o a Leo Harlem con el antaño humorista Gran Wyoming.
En el cine, Fellini rozó el cielo de la risa; en literatura, no es posible leer en el autobús 'Sin noticias de Gurb', de Eduardo Mendoza, sin llamar la atención. A veces, somos payasos involuntarios. George W. Bush lo era: “No dedico mucho tiempo a pensar en mí mismo ni en por qué hago lo que hago”, dijo a los periodistas en el Air Force One, asomado a la misma puerta en que ahora un payaso naranja con rostro de tiburón blanco se marca un bailecito global como el cuñado sin gracia en una boda.
Por cierto: ¿cuántos años luz separan a Putin de una carcajada? Del presidente chino, mejor no hablo. Si tengo el día ácrata, veo un monólogo del británico Ricky Gervais, un tipo que hace saltar por los aires los prejuicios, el victimismo y el miedo a la corrección política. Decimos que los españoles nos lo tomamos todo a chufla, pero aquí el cómico inglés ya estaría en un furgón policial en dirección a la cárcel.
