"Me contó su drama y calló. Yo me quedé con la taza a medio camino, preguntándome por qué me elegía a mí: el proveedor de su angustia"
Yo, que devoro la actualidad con la urgencia del miope que busca sus gafas al despertar para que el mundo encaje, supe de su historia por azar. Fue en una cafetería. El ruido de la máquina de café. El silbido de la leche al calentarse. El sonido ocupándolo todo. Me miró de reojo. Comparó mi cara con la foto pequeña que encabeza mis artículos desde hace años. Me puse nervioso. No renuevo esa foto para que el tiempo me proteja: para que el rostro que la gente busca no sea, exactamente, el que tengo ahora.
-Usted es el periodista —dijo. No fue un saludo. Fue una conclusión. —No me interesa la información. Me da miedo —remarcó.
Me contó su drama y calló. Yo me quedé con la taza a medio camino, preguntándome por qué me elegía a mí: el proveedor de su angustia.
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Hubo un tiempo en que su vida empezaba con la radio y el rito del quiosco. Pero algo se rompió. Me habló de un crimen, de una agresión a un médico, de muros que ocultan espantos. Mientras lo decía, entornaba los ojos como si esquivara un foco cegador. Para él, las noticias ya no eran datos, sino golpes físicos que le cerraban el pecho. Me explicó que su búnker es una pantalla donde solo ocurren series infinitas, un refugio de ficción para huir de esa “maquinaria de letras rojas” que —según sus palabras— solo sabe gritar catástrofes.
Lo escuché con respeto. No necesitaba mencionar yo el ruido político o el pánico en alta definición; lo veía en sus manos, que se agitaban buscando el alivio de un Lorazepam invisible. Él era la víctima de ese banquete de insultos y expertos en nada que nos dejan siempre en fuego cruzado. Su exilio no era desidia, era supervivencia.
Mi vecino de barra vive en una tregua frente a esa mirada radical que interpreta el mundo desde el horror. Dice que volverá, pero ese anuncio suena a una mentira piadosa. Su “algún día” es, en realidad, el deseo de encontrar un análisis que no solo enseñe la herida, sino que deje espacio para entenderla y, quizás, para la esperanza.
—Algún día volveré —me guiñó un ojo.
Fue una complicidad serena. Como si, en mitad de tanto estruendo y tanta cafeína, todavía fuera posible elegir qué rueda alimentar antes de salir a la calle.
