"Durante largo tiempo, el fútbol ha seguido ante la violencia una política de taparse los ojos y esconder las miserias en casa mientras"
Durante el partido entre España y Egipto, en Cornellá coreaban "musulmán el que no bote", y uno se preguntó si aquello no sería una aportación algo perversa a la Semana Santa y sus afirmaciones de identidad cristiana. Pero no: era una vez más el clamor xenófobo y racista que parece haber encontrado buen acomodo en las gradas de los estadios.
En el folclore tribal de nuestro entorno, el popular cántico que comienza con un epíteto y prosigue con "el que no salte/baile/bote" cumple la sola función de excluir al otro, de denigrarlo marcando territorio y señalándole la salida. Aunque no es probable que la masa coral supiera distinguir entre egipcio, árabe, musulmán y moro, estaba claro el ánimo de injuriar desde la impunidad que ofrecen los campos, esas zonas francas donde está visto que no rigen las normas comunes de convivencia.
Rafael Louzán, presidente de la federación española de fútbol, declaró al final del encuentro que habían sido hechos "puntuales y aislados". Dejando aparte la conveniencia de una visita urgente al otorrino, se percibe ahí cierto empeño pacificador, o más bien exculpatorio. Cada vez que en un partido se produce un caso de agresión racista, antes de perseguirlo ya están federativos, clubes, directivos e informadores del ramo corriendo a proclamar la inocencia del deporte frente a la culpabilidad de la sociedad.
En el mejor de los casos condenan los hechos pero no tanto por su gravedad moral y social como por el daño que causan sobre los intereses deportivos. Lamentan que los estadios se hayan convertido en escaparate de la extrema derecha, olvidando que siempre han sido cauce de expresión para extremos de todo tipo, no solo ideológicos.
No se puede tratar un día a las masas fanatizadas como si solo fueran una bulliciosa chavalería y pedir al siguiente que vengan otros a reprimirlas porque pueden poner en peligro la celebración del Mundial de 2030.
Durante largo tiempo, el fútbol ha seguido ante la violencia una política de taparse los ojos y esconder las miserias en casa mientras hacia fuera se mostraba como una angelical escuela de valores. Va a ser que mientras la sociedad se esfuerza por avanzar en la buena dirección, el fútbol ofrece el último refugio a quienes reman en sentido contrario.
