Esa paz deseada
Opinión | En aquel tiempo
Turistas pasean por el centro de Palma
Seguramente, Palma y toda la Isla de Mallorca, como tantos lugares privilegiados del planeta, habrán celebrado esta Semana Santa en una excelente paz. Incluso, en comunión con tantísimas personas que la han visitado para disfrutar de un tiempo, aunque sea breve de merecido descanso. Unos se quejarán del «demasiado turismo» como nos invade, mientras otros, mirándose a la cartera, bendecirán al conjunto de visitantes que nos han elegido para descansar unos días. Pero estas idas y venidas habrán sido posibles por esa paz ya citada, y que, a la larga, es el mayor bien que podamos desearle a un conjunto de seres humanos, sobre todo cuando ese conjunto vive de la presencia de quienes lo visitan.
Puede que «los más exquisitos» se duelan de la invasión, pero la mayoría acepta de buen agrado el dispendio que los viajeros hacen en todos los ámbitos de la vida mallorquina. Sobre todo en «ciutat». Cada vez más, mientras el mundo se mueve a velocidades mistéricas, también sus habitantes se han convertido en «seres en movimiento», dejada de lado toda querencia al silencio en la propia tierra. Y es que algunos, lo que desean es disfrutar de la vida cotidiana «en paz y seguridad», lejos de la inseguridad de que domina otros lugares golpeados por la guerra o la amenaza.
Sucede como sin embargo, que quienes gozamos de una paz permanente y suficiente, apenas ponderamos una situación tan maravillosa de la que tantos carecen, hasta verse sumidos en las matanzas de los conflictos armados que les invaden. Muere tanta gente, incluso a un tiro de piedra, y somos incapaces de dar Gracias a Dios de este bien recibido. Y dárselas también a quienes trabajan para no implicarnos en acciones destructivas. Es cierto que podemos preguntarnos si tanta paz no será a costa de muertes ajenas, tal vez sí, pero la estructura mundial es la que es y se hace muy difícil modificarla. Es imposible evitar de raíz la prepotencia de algún «chulo de planeta», convencido de que él es el «garante de la paz», y como lógica consecuencia, no menos de la guerra. Son «los criminales planetarios» que casi todos respetamos en silencio, porque su poder y su inhumanidad puede con nuestra vergüenza de «ciudadanos ausentes». Las cosas son como son… si bien podríamos modificarlas un tanto. Claro que sí.
Pero uno se pregunta, y cada vez más y con mayor intensidad, si somos conscientes de «vivir en paz». Levantarnos, a asearnos, marchar el trabajo, comer lo suficiente y más, gozar de la estabilidad familiar, y tomar una copa por ahí, a abrazar y ser abrazados sin dificultad como a besar a sus hijos, y «dormir en paz». Una sucesión de hecho seguramente normalizados pero que significan, día tras día, los «bienes de la paz». Porque la guerra lo altera todo de todo, además de permitir la entrada a clamorosa de esa muerte imposible de evitar. He llegado a la conclusión de que no somos conscientes y por ello mismo, no acabamos de agradecer a Dios y a las personas humanas que nos procuren una paz tan urgente para perseverar como comunidad ciudadana. En este sentido se justifican, y mucho, esas «vigilias por la paz», a las que algunos tan distantes del pueblo llano, menosprecian, por la sencilla razón de que viven sobrevolando las necesidades más perentorias. Y nunca se han parado que pensar que podrían perder las tras perder un contexto pacífico. Vale la pena pensárselo muy despacio.
Y solamente cuando dejamos de gozar de eso sin olvidables «momentos electos de paz», caemos en la cuenta de su sentido y de su necesidad. Fuera de Mallorca, siempre me persigue la contemplación del Mediterráneo desde el Mirador de Las Pitas, entre Valldemossa y Deyá. Y en mi despacho, tanta belleza se me hace presente en una fotografía, muy anciana, en que, mientras, padre y yo, miramos, también estamos mirando ese mal absoluto, que es mi gran pérdida al dejar mi Isla, a la que pertenezco de por vida. Experiencias juveniles que me conforman y que laten en el recuerdo… tan lleno de paz. Hasta descubrir la belleza de las cosas y de la vida misma, mientras estas maravillas se sucedían, uno ni le daba importancia y prefería dedicarse a gozar con absoluta espontaneidad. Mientras el sol se ponía sobre el mar de la infancia y adolescencia. Aquellos días de una paz absoluta, tal vez silenciosa, y en el colmo del goce, solamente transida por el rumor del oleaje, casi una sinfonía telúrica de fondo.
De gracias a mi Dios y a mis hombres y mujeres por esta paz impagable. Y pierdo el sueño cuando imagino esas visiones dantescas que los medios nos golpean para recordarnos nuestros privilegios. Porque mientras nosotros gozamos la paz, muchos otros la desconocen por completo, y se les hace imposible soñar en ella. Esta es una de las grandes distinciones radicales entre los seres humanos: unos que «viven en paz» y otros «que solamente conoce la guerra». Será bueno pensárselo muy despacio. Para no perderla.
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