Chavesnogalistas
Manuel Chaves Nogales. / Archivo
Mis errancias en X se cruzaron el otro día con un ingenioso tuit -X sólo se mueve entre el ingenio y el odio- del ex de una ex, un escritor maldito al que sigo y que, sin conocerlo -él no sabe que quisimos a la misma mujer-, me cae bien. Junto a su comentario, otro incluso más certero de una tuitera que en su perfil se definía, entre otras cosas, como “chavesnogalista”. Me pareció maravillosa la palabra, y también que todavía haya pasarelas intelectuales entre nuestra generación y la de nuestros abuelos. En aquella época había menos gente letrada, qué duda cabe, pero los que lo eran nos daban diez mil vueltas a los de la Transición. Por eso, cualquier homenaje a los que fueron mejores que nosotros es siempre de justicia. “Chavesnogalista” -en referencia a Manuel Chaves Nogales, periodista y escritor español (Sevilla, 1897- Londres, 1944)- es un bonito concepto que ensalza, apologético, el recuerdo de un personaje setenta años olvidado y que, en cierto modo, nos incita a fundar un movimiento romántico. Chaves Nogales, para los que no lo conozcan, fue uno de esos perdedores de la guerra civil, un periodista que hubo de exiliarse y al que el destino pareció llamar a ser testigo de la historia, para morir inmediatamente después, sin ver la victoria de los aliados en la IIGM. Chaves estuvo en Moscú en 1917, en Madrid en 1936 y en Londres en 1940, en pleno “Blitz”. Ahí es nada. Republicano, representa a esa “Tercera España” que Antonio Muñoz Molina dice que nunca existió y cuya entidad se definió -más como actitud moral que como generación- por oposición a las otras dos, del mismo modo que es el espacio y no los hierros que lo crean lo que define una escultura de Chillida. Esa revelación tuitera me hizo pensar que al mundo actual le hace falta una Tercera España, un árbitro intelectual en el caos. Chaves se definía como “eso que los sociólogos llaman un pequeño burgués liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria”. Y en esa definición, que hoy sonaría casi a disculpa, vive un acto de dignidad, del que no se deja arrastrar por la mística de los extremos ni por la vagancia de las consignas. En el fondo, ser extremista es lo más fácil que hay. Basta dejar que piensen por uno, y seguir ciegamente al líder de turno. Los sectarios ven al chavesnogalista como un peligroso equidistante. No lo es. Es un descreído funcional, alguien que ha visto lo suficiente como para desconfiar de las verdades absolutas que proclaman, a derecha e izquierda, los adanes de su tiempo. Es alguien que se permite el lujo de dudar y lo escribe cuando dudar conlleva condena, pues en el propio relato se esconde su denuncia del atropello contemporáneo. Los chavesnogalistas son poetas perdedores que rememoran infancias felices frente a un presente nada luminoso. La mayoría serán condenados al olvido, y los elegidos, unos pocos, sólo obtendrán reconocimiento póstumo, una vez los extremos se hayan eliminado entre sí. El chavesnogalista no está conforme, pero prefiere acusar en la columna de un periódico o en los versos de un endecasílabo que en una tribuna de oradores. No es fascista ni comunista. Ni gregario, sino un individualista que encuentra trascendencia en lo cotidiano. No porta pancartas. No le gustan los lemas. Más Pavese que Byron, es romántico sin ser heroico. Se hace insultar por moderado. Vive en un exilio –mental o físico- permanente. Nació para observar la realidad y contarla. Se aferra a un humanismo utópico frente a la alienación humana y a la distopía que ya está aquí. Es cosmopolita contra su voluntad –el cosmopolitismo, recordemos, era un tipo penal bajo Stalin-, pues vive más en la frontera que en la trinchera. Hay en el chavesnogalista una forma de elegancia moral que hemos ido perdiendo. No la elegancia de las formas —que también—, sino la del fondo, la de quien entiende que la inteligencia consiste en comprender y no en aplastar. Por eso habría que elevar el chavesnogalismo a categoría universal, e internacionalizar, frente al estruendo de los “ismos” contemporáneos, el espíritu de aquella España centrífuga que quedó anulada entre las tenazas de las otras dos. Aunque el chavesnogalista llegue siempre a destiempo -demasiado pronto para la nostalgia y demasiado tarde para la épica-, y aunque no tenga algoritmo que lo ampare, su figura decente resulta subversiva y necesaria en un momento como este, en que la historia parece querer arrollar a los que no la hacemos.
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