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Patio de butacas, campo de batalla

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25.03.2026

Patio de butacas, campo de batalla

Patio de butacas, campo de batalla / GettyImages

A última hora del domingo, en la sala 3 del cine Embajadores, en el distrito madrileño de Arganzuela, los espectadores que habían asistido a la proyección de Amarga Navidad, la última película de Pedro Almodóvar, apuraban los títulos de crédito en silencio, digiriendo ese «melodrama preciso y sereno», otra «vuelta de tuerca» sobre la autoficción, en palabras del crítico de El Periódico Quim Casas. Un silencio que se había hecho denso en una de las escenas clave de la película, con La Llorona de Chavela Vargas de fondo.

En ese mismo instante, en otros cines de Madrid, según relataban los propios espectadores en las redes sociales, se prorrumpía en aplausos tras la proyección de Torrente, presidente, la última entrega de la saga que firma Santiago Segura, una comedia «previsible e inocua» que ha perdido el «gracejo de comedia negra y esperpéntica», según la crítica de este diario.

El estreno, con apenas una semana de diferencia, de ambas películas, pone de manifiesto la diversidad del cine español actual, que ofrece propuestas muy distintas en tono y enfoque. Mientras Almodóvar apuesta por un cine más introspectivo, centrado en las emociones y los conflictos personales, Segura recurre al humor popular, irreverente y accesible, sin mayores pretensiones.

Esta convivencia en la cartelera de alternativas tan variadas debería observarse como un ejemplo de la diversidad cultural que reclama un público heterogéneo, con intereses que van desde la reflexión al más puro entretenimiento, todos igualmente legítimos.

El cine es, o debería ser, tanto expresión artística como ocio masivo, pero el choque que el estreno de estas películas ha provocado evidencia la polarización extrema en que se ha instalado España. Hemos asistido a un espectáculo nada edificante en el que el debate cultural se ha desplazado también hacia una lógica de trincheras y ha convertido dos filmes en pretextos para reafirmar identidades políticamente enfrentadas. Ni siquiera las salas de cine, ese último refugio, escapan al ruido.

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