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La política que necesitamos construir | Por: Antonio Elizalde

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17.08.2026

La política contemporánea se ha vuelto un teatro de espejos donde cada actor cree reflejar la verdad absoluta. Todos exigen coherencia a los otros, nunca a sí mismos, como si fuera una virtud estática. Pero la coherencia sin prudencia es rigidez cadavérica: la certeza del fanático que prefiere tener razón antes que comprender. La coherencia auténtica es dinámica, no cambia de principio, pero sí de estrategia, tono y ritmo. Es fidelidad al fondo, no esclavitud a la forma.

Vivimos en la tiranía de la frase redonda y el tuit inapelable. La coherencia se ha reducido a no contradecirse en treinta segundos. Ahí nace el primer error: confundir firmeza con intransigencia. La intransigencia es el consuelo de los inseguros. Quien no negocia el matiz, quien convierte cada desacuerdo en afrenta personal, no defiende ideas: defiende su identidad. Una identidad que solo se sostiene contra el otro es frágil, necesitada de enemigos.La intransigencia se disfraza de pureza, pero es pereza: pereza de escuchar, de reformular, de admitir que el mundo no cabe en un programa electoral. Cuando se institucionaliza, el diálogo deja de ser puente y se vuelve campo de batalla donde el objetivo no es convencer, sino humillar.Conviene detenerse en dos metáforas clínicas. Una es el narcisismo político: habla siempre en primera persona. Su gramática es «yo tengo la verdad», «yo salvé la patria». No busca........

© Diario de Los Andes