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Imperatrix

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20.03.2026

Creado: 20.03.2026 | 06:00

Actualizado: 20.03.2026 | 06:00

La Llionesfera hierve en fluídos heroicos con doña Urraca, en este año de su milenario. y la enarbola, triunfante, como glorioso emblema del Vieyu Reinu: El Feminato la eleva a los altares como deidad de género en los roquedales del Medievo.

La amazona de hierro que logró doblegar a una oligarquia misógina que no toleraba el mando de una fémina; La pobre cónyugue, víctima de la brutalidad de un marido, impuesto por la regia voluntad del padre muerto ante el peligro de colapso del Reino. La madre abnegada que logra preservar el legado regio de su hijo, Alfonso VII, el futuro emperador del León moribundo. Tras este frontispicio de mármoles se oculta la pupila de una mujer que aprendió de su padre que el poder es una presa que se devora en soledad; de una soberana cuya trayectoria no fue una lucha por la grandeza sino solo un ejercicio de supervivencia. Tras el lamento por sus desgracias conyugales, asoma un historial de sombras que revelan la verdadera arquitectura de su voluntad. Se culpa a Alfonso, el aragonés, de la guerra, pero la lógica del poder apunta a Urraca como la instigadora de una inestabilidad calculada. Su negativa sistemática a cumplir los pactos matrimoniales no nació de la virtud, sino de una ambición que no aceptaba sombra alguna. Indujo a sus huestes a una guerra fratricida que desangró los campos de León durante más de una década, permitiendo el saqueo de ciudades y la quema de cosechas con tal de no ceder una pulgada de su prerrogativa. Su gobierno fue un ejercicio de piratería donde la corona se alimentaba del caos que ella misma atizaba en las sombras. Urraca utilizó su cuerpo y sus afectos como piezas de un tablero de poder y mando.. Sus relaciones con los condes Gómez González, el de Candespina, y Pedro González, el de Lara, no fueron meros lances de alcoba, sino alianzas adulterinas que provocaron el estallido de bandos nobiliarios y la muerte de miles de vasallos en combates inútiles. Urraca no amaba; Urraca coaccionaba a través del lecho, induciendo a sus amantes a traicionar la paz del reino por una promesa de favor regio, transformando la corte en un lupanar de intrigas donde el honor de las casas nobles se subastaba al mejor postor de su conveniencia política. Siguiendo la estela de su padre, convirtió la Iglesia en su caja de caudales privada. No dudó en inducir el saqueo de tesoros eclesiásticos, como los de Santiago de Compostela, para financiar a sus huestes mercenarias. Sus irregularidades con el clero, sus desplantes al Papa y su manejo de las sedes obispales como prebendas personales revelan una inmoralidad cínica: se decía ungida por Dios mientras metía la mano en el cepillo de los santos para pagar el hierro que sostenía su tiranía. Más allá de su malicia, el reinado de Urraca destaca por un catálogo de insensateces que pusieron al reino al borde de la disolución: Su yerro no fue casarse con Alfonso I, (porque fue obligada por su padre a cambio de la corona), sino su incapacidad para gestionar una alianza que habría unificado la cristiandad hispana frente a la amenaza almorávide y convertido al Reino de León en el basamento de la España del futuro, Por narcisismo, prefirió el conflicto permanente a la diplomacia, desperdiciando una década de hegemonía militar en riñas domésticas que permitieron que el enemigo del sur se fortaleciera. Fue una omisión histórica de proporciones colosales nacida de una visión política que no alcanzaba a ver más allá de su propio ombligo regio. Y esa incapacidad de aunar las fuerzas del Reino de León con el de Aragón (como hicieron trescientos años después, Isabel y Fernando) fue la que abocó al Reino a la decadencia, a su deglución por Castilla y finalmente a su disolución. Y también la que permitió la independencia de Portugal hasta entonces un simple condado del Reino leonés. Su relación con el infante Alfonso Raimúndez fue una improvisación constante marcada por el pánico a ser desplazada. En lugar de formar a un sucesor, colaboró en su postergación en Galicia, viendo en su propia sangre a un rival más peligroso que sus enemigos externos. Esta negligencia materna y política generó una fractura en el reino que tardó décadas en sanar, demostrando que Urraca carecía de la visión de Estado necesaria para asegurar la transmisión pacífica del poder. El juicio sobre Urraca I debe ser despojado de toda sensiblería: no fue solo una reina acosada sino una soberana depredadora e inepta a partes iguales. Su historial es el de una mujer que prefirió ver su reino envuelto en llamas antes que verlo gobernado por manos ajenas. Urraca es el retrato de la pasión por el mando elevada a la categoría de delito y de la insensatez elevada a la categoría de desastre. Obtuvo la corona por azar, la mantuvo mediante el perjurio y el uso táctico de su intimidad, y la entregó solo cuando la muerte le arrebató la capacidad de seguir errando. La diatriba de la posteridad debe denunciar en ella a la mujer que, en el altar de su soberanía, sacrificó la paz de sus vasallos con una mezcla de ambición criminal y torpeza suicida.


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