El golpe y la conspiración contra Suárez
Creado: 04.03.2026 | 06:00
Actualizado: 04.03.2026 | 06:00
El 29 de enero de 1981 el presidente Adolfo Suárez anunciaba por sorpresa su dimisión. Suárez era la imagen de la libertad, de la democracia y del futuro. Y, con su marcha, se abría una fase política llena de incertidumbre y frustración. Un mes más tarde la irrupción en el Congreso de un grupo de guardias civiles al mando del teniente coronel Antonio Tejero intentaba sustituir a Suárez por un gobierno de concentración avalado por los tanques. Llegaban un poco tarde. El golpe político de fondo, la conspiración para sacar a Suárez del poder, ya se había producido un mes antes. Suárez nunca quiso explicar las auténticas razones de su renuncia a la presidencia de España, pero nadie duda de que fue empujado hacia el abismo por una conspiración de fuerzas ocultas, en una compleja trama de presiones y deslealtades, integrada por políticos de la derecha y la izquierda y, por supuesto, los cuartos de banderas de un Ejército que se resistía al cambio. Desde un plano frío y aséptico lo de Tejero, el intento de golpe militar, de ocupar el poder por la fuerza de las armas, fue una puesta en escena en la que solo creyeron cuatro y un tambor. Duró algo más que la proclamación de la república catalana de Puigdemont, pero igualmente estaba condenada al fracaso.
El auténtico golpe de mano que era echar de la Moncloa a quien había legalizado al Partido Comunista, quien se inventó las autonomías, quien no podía parar el terrorismo de ETA, quien no cedía poder a las familias herederas del franquismo y que asustaba a la izquierda por su conexión con la calle, ya se había producido a lo largo de meses de acoso político y mediático haciéndole el responsable de todos los males y tropiezos del post-franquismo. La tragicomedia que se escenificó un mes más tarde y que con sorna la televisión sueca resumió diciendo que «un militar vestido de torero asalta el congreso en España», no tenía ni el respaldo de los partidos, ni de la mayoría del Ejército, ni complicidades internacionales, ni, por supuesto, de la calle. No hay más que escuchar ahora algunas de las conversaciones telefónicas de Tejero, Armada y García Carrés durante la tarde noche del golpe para hacerse a la idea de que era una chapuza logística, un desastre en su gestación y un ridículo en su materialización. Desclasificados los documentos relativos al golpe militar, falta por conocer, para completar la historia, cómo un presidente electo en las urnas fue descabalgado por fuerzas ocultas vulnerando la voluntad popular cuando le restaban dos años y un mes de mandato. Efectivamente, el rey Juan Carlos evitó que la comedia acabara con derramamiento de sangre, pero lo más grave, políticamente hablando, fue cómo un presidente electo en las urnas fue neutralizado por fuerzas ocultas vulnerando la voluntad popular.
