Comer cuaresmal
Creado: 15.03.2026 | 06:00
Actualizado: 15.03.2026 | 06:00
Antes (mucho antes me parece hoy), las estaciones gobernaban la vida y ahí entraba sobre todo el comer. Productos de temporada. Y después de ella, a esperar largos meses para crear expectativas de un buen año... y ganas de que llegara. Por aquí, cerezas en julio, ciruelas en agosto, peras en septiembre, reinetas en octubre... hortalizas de invierno o de verano... puerros de frío enero, escarolas de diciembre... castañas, por los Santos, y nueces o avellanas resistiendo el año entero... y para alargar la vida de pimientos o mermeladas, el bendito tarro en alacena de despensa. La cocina de cada región la propuso el calendario. Y así las cosas tenían su sentido, su por qué y su festejarlas. Si hoy en enero vienen cerezas del Chile, meloncitos de Ecuador o anacardos de Vietnam, el paladar se vulgariza, se pierde la fiesta y el transporte de lejanías dispara el atraco mientras pedorrea el aire su combustible contaminante. No es buen plan. Y en estas vino la Cuaresma con sus ayunos y bulas que lo burlaban, recordando que Dios también mandaba en la cocina, siendo la abstinencia tan preceptiva, que había casas de comida que no servían carne los viernes. Era tan así, que en la tienda de mi padre la Cuaresma la predicaba una gran montonera de sacas con bacaladas que no daban descanso a la guillotina que las troceaba. El bacalao en salazón era más bien cosa de casa pobre (ahora va de leñazo a la cartera) y de antiguo era en León el mandamás cuaresmal escoltado por huevos duros y cristianado todo ello en ajoarriero. También lo fue entonces la carne de ballena (alguna comí) despachada en filetes como mantel de grandes para que los troceara la tijerona y se empanaran con mucho ajo y perejil disimulándoles así su cierto sabor a gavioto. Tiempo de mucha legumbre y berza el cuaresmal, que de ahí le vino el nombre a los famosos «garbanzos de viernes». ¿Y las lentejas?... a esgalla. ¿Y qué fue de todas esas prescripciones culinarias y saberes?... acelerada agonía de tradiciones avasalladas por prisas y globalidades, aunque parecen salvarse las torrijas, pero con licencia hoy a delirantes versiones para encanto del paladar guarrindongo.
