Temporada de conejos
Creado: 18.02.2026 | 06:00
Actualizado: 18.02.2026 | 06:00
Boletín Oficial del Estado
Esperanza y temor son ambas formas de expectación, pero mientras la primera es alegre la segunda es triste. Menos por carácter que por experiencia, los leoneses, ante cualquier anuncio ministerial, nos inclinamos hacia el temor, convencidos de que, como en tantísimas otras ocasiones, esa expectativa será falsa y habrá de convertirse en agua de borrajas. En rueda de prensa, afirmación mitinera, mentira interesada para acallar o comprar conciencias y, con ellas, un puñado de votos. Hemos llegado a ese punto en que ya solo nos creemos las promesas que salen en el BOE, las que vienen certificadas, acompañadas de un presupuesto detallado. Han sido ya tantas las ofertas perdidas en el camino entre el decir y el hacer, las que se han quedado en un hermoso sueño tras un bonito plan destinado al incumplimiento sistemático, con plazos prorrogables hasta el infinito (y no exagero: hay generaciones de engañados con las mismas vanas ilusiones) que tendemos a considerar todo cuanto sale de la boca de los políticos como celadas, artimañas, argucias. Y es que aquí los objetivos casi nunca se plasman. Nuestros políticos fallan más que las escopetas de feria. ¿Nos los habrán trucado? Porque truncados nacen la mayoría de los proyectos. Pero no somos: nos han hecho escépticos. A base de incumplimientos. El día que toda esta gente que se dedica a la política empiece a ejecutar algo, igual dejamos de ser desconfiados. A albergar esperanza en vez de temor.
Ahora entramos en proceso electoral. Temporada de conejos, es decir, de ofrecimientos sin tasa y temores fundados. Tiempo de vendernos como éxitos los sonoros fracasos quienes han ejercido funciones de gobierno y como realidades futuras los sueños que lindan con la utopía, aquellos que aspiran a estrenarse como gestores públicos. A uno, dadas las circunstancias, no dejan de asombrarle los índices de participación que hay en todos los comicios: me extraña que aún sean tantos los votantes. La capacidad de creer en lo que no se ha visto sería fe, pero ¿cómo calificar al seguir creyendo en lo que ya se ha visto que es falso? Esa admirable esperanza democrática colinda con la necedad del que se empeña en que una misma acción produzca un resultado diferente en el enésimo intento. Semejante a la confianza en que el azar tarde o temprano termine por depositar la bola de la ruleta en el número que hemos elegido.
