El sicomoro de Zaqueo
25 de marzo 2026 - 03:05
En la cultura botánica del Mediterráneo oriental se dice que a cada estado de ánimo le corresponde el árbol adecuado. Quien escribe un poema debe recitarlo con un roble dorado antes que con nadie. Quien se halle desalentado, habrá de buscar consuelo frente a un ciprés o un castaño de Indias en flor. Quien porfíe en la adversidad, encontrará en el álamo la fuerza de la tenacidad. Quien sufra sin ser escuchado, el arce azucarero lo consolará. Quien muestre egolatría y envanecimiento, las flores efímeras del cerezo le enseñarán que la vanagloria perece pronto. Quien quiera recordar el pasado, hará bien en sentarse a la sombra de un acebo. Quien busque la sabiduría, un haya le abrirá el camino. Quien pida esclarecimiento, que consulte con un pino piñonero. Quien precise de valentía y arrojo, que se acompañe del serbal. Quien quiera ganar en generosidad, el avellano le servirá de estímulo. Quien quiera compartir su alegría, que lo haga junto al enebro. Quien busque el amor porque no lo encuentra o el que tuvo lo perdió, que acuda a la higuera.
Me he acordado de esta miríada de árboles y de estados de ánimo ahora que, iniciada la primavera, lo que colma la vista y el corazón es el rosa fucsia de los árboles del amor, el también llamado árbol de Judas. El mito lo asocia al ejemplar del que se ahorcó el Iscariote tras entregar a Jesús (quizá sólo sea una corrupción del término árbol de Judea).
El árbol nuevo del madero aguarda a Jesús Nazareno entre naranjos y olivos. La Semana Santa no se entiende sin el azahar prendido en los naranjos, como tampoco se concibe sin los olivos que acompañan al paso del beso del traidor, el del prendimiento o el de la oración en el huerto entre sudores de sangre. En cada víspera del Domingo de Ramos, suelo entonar mi oración pagana por el olvidado sicomoro. En el paso de La Borriquita, encaramado a una palmera, se ve al publicano Zaqueo, pero reflejado en la figura de un niño. El evangelio de Lucas no habla de una palmera, sino de un sicomoro, al que se subió el pecador y recaudador de tributos para poder ver a Jesús porque era bajo de estatura. Es el mismo sicomoro que dicen los chipriotas que ayuda a tomar el camino adecuado si éste lo hallamos en mitad de la encrucijada. Llegada otra Semana Santa, el tiempo fugaz lo descifra uno en mitad de la encrucijada, donde lo perdido y lo ganado, junto al sicomoro de Zaqueo.
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