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La anunciación

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19.04.2026

19 de abril 2026 - 03:08

Sevilla, inverosímil, se parecía mucho a sus postales célebres. Color abril, cálida, festiva, luminosa. Desperezándose aún del frío y las procesiones. Desnudándose con inconsciente descaro en cada terraza, en cada árbol, en cada balcón. Insinuándose al borde del río con su luz cegadora. Turistas despistados iban y venían de ninguna parte sin comprender aquel desbordamiento. La verdadera ola humana mostraba su querencia ciega hacia los alrededores de la Maestranza. Y allí nos fuimos, a uno de los bares míticos de la ciudad. A vivir la anunciación.

Encontrar sitio no fue fácil, pero al fin pudimos acodarnos en una esquina de la barra. Bajo una escolta de medias de fino embutidas en hielo comenzó el desfile. Aficionados de pueblo con sus panameños de imitación, sus trajes de hipermercado y sus almohadillas usadas. El viejo del lugar recontándole historias al nieto para construirle recuerdos. El limpiabotas inmigrante salido de la posguerra de la vida (más pobre aún que los de antaño, porque apenas hay zapatos de material que limpiar), rastreando el suelo como un zahorí, buscando un aspirante a Juncal al que darle el lustre de quienes llevan los zapatos sin brillos. La lotera cantando el número para atrapar a los jugadores, advirtiendo de que lleva la suerte para hoy. Y otro lotero sin fe, desalentado por llegar tarde, viendo que ya todos han comprado sus décimos. La gitana con el romero. El mirón buscando una tertulia a la que engancharse. El sablista escogiendo a quien dar coba. La guapa que ignora el cruel paso del tiempo exhibiendo su escote desapercibido. El camarero mirando de reojo que nadie se escape sin pagar, que sabe lo que pasa cuando hay tanta bulla. Y el respetable apurando sus copas, hablando de faenas míticas, de tardes de ensueño, de toreros de leyenda. Del “yo estuve”. De Paula y su capote, de Pepe Luis y su cartuchito, de Curro y sus lances eternos. Del temple sabio de Antoñete. Del empaque sereno de Ordoñez. De Morante. De la eternidad del toreo.

Se acercaba la hora de la corrida y nos acercamos a ver salir a las cuadrillas. Aguardamos en el vestíbulo del hotel junto a una vistosa farándula de ganaderos retirados, cronistas taurinos, hombres vulgares con sus queridas, empresarios rumbosos, cámaras de televisión y camareritos jóvenes deslumbrados por una vida que aún no conocen. Ya después, en la plaza, dicen que se escribió la historia.

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