Pedrooooo, ¿otra vez?
Es agotador. No tanto por la validez de los objetivos que escoge en cada jugada, sino por la falacia de la táctica que utiliza. Es cierto que hay temas que tienen mucha trascendencia valorativa, y que deben formar parte de la agenda de cualquier gobernante. Pero siempre que tal gobernante gobierne. Cuando, en cambio, la política se convierte en una interminable retahíla de gestos de gran ruido, más pensados para el dominio del relato mediático que para el ejercicio efectivo del servicio público, entonces no hay política, hay márketing y propaganda. Es decir, no hay estrategia ni proyecto, hay pura táctica.
Es el caso de Pedro Sánchez, auténtico maestro del tacticismo. De hecho, es tal su habilidad para sacar conejos de la chistera, que ha conseguido mantenerse en el Gobierno sin mayoría parlamentaria, con fracasos en leyes estrella, derrotas territoriales, sin Presupuestos, con problemas estructurales y rodeado de todo tipo de escándalos. Contra la pared y con mal tiempo, y, sin embargo, inmune al desánimo, día tras día saca un señuelo de su catálogo de Netflix, y consigue desviar la atención, entretener al personal y ganar tiempo. Y mañana será otro día. Da igual que la dana ponga en evidencia la incompetencia de ambas administraciones —la autonómica y la estatal—, que los incendios del verano muestren las deficiencias en prevención, que el trágico accidente de Adamuz destape la desastrosa situación de la red ferroviaria, o que el grito desesperado del gran Mariano Barbacid demuestre el absoluto abandono público que sufre la investigación científica. Todo es igual porque cada vez que se descontrola el relato público, aparece una bagatela que desvía el debate crítico. La última ha sido la pelea con Elon Musk (posterior a la pelea con Trump, posterior a la pelea con Netanyahu), pero dado que todo suflé tiende a desinflarse, Sánchez ha encontrado rápidamente otro sustituto y ahora ha decidido sacar a pasear el siempre jugoso fantasma del 23F.
Que quede claro: es un tema importante. Saber exactamente qué pasó, destapar los enigmas que rodean el golpe de Estado, poner adjetivos a los nombres propios de aquel tiempo, etcétera, forma parte del derecho público a la información. Y, en este caso, remacha la exigencia democrática de la memoria histórica. Demasiadas mentiras, demasiada desmemoria, demasiada impunidad. El problema no está, pues, en la iniciativa, que debería haber tomado cualquier gobierno desde hace años. El problema es el oportunismo con el que Sánchez juega con temas sensibles para abrir debates frontales que exciten el debate político, y así va ganando credenciales. Son eternas distracciones que, con el efecto niebla que producen, impiden ver con claridad la situación real de su Gobierno.
¿Cuánto tiempo hace que Sánchez no lidera un proyecto importante, de esos que definen una legislatura? ¿Y cuánto tiempo hace que no consigue un acuerdo parlamentario sólido para cambiar alguna ley básica? ¿De qué manera afrontará el aluvión de dinero que promete a diestro y siniestro, sin tener Presupuestos? ¿Qué estrategia creíble y perdurable ha presentado para resolver el déficit ferroviario? ¿Hay un plan estratégico para evitar accidentes ante la situación también precaria de algunos pantanos? ¿Presentará algún método eficaz para la cuestión de la vivienda que no pase por la retórica demagógica de los Sumar de turno? Y así hasta el infinito.
Esta es la cuestión alarmante de todo ello. Evidentemente, es bueno que ahora se abra el melón del 23F y también podemos debatir el tema de los menores y las redes, o resolver el naufragio de Europa o hacer ver que tenemos la solución mágica para el embrollo de Próximo Oriente. Todo es bueno, todo es permisible y todo puede ser necesario. Pero solo si todo ello es el apéndice brillante de un Gobierno que gobierna. ‘Ergo’, de un Gobierno que sabe tejer las mayorías necesarias, que puede presentar y ganar leyes en el Parlamento, que tiene proyecto para las cuestiones más lacerantes, y cuya solidez se basa en la credibilidad. Cuando todo eso falla, lo demás es puro ruido. Entonces no hay gobierno ni liderazgo, hay el sinuoso y cínico espectáculo del poder por el poder. Puro malabarismo de la resistencia, tan vacío de contenido público como sobrado de interés privado.
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