El misterio de la oreja de Israel
Parece que ya lo hemos olvidado, pero durante un par de semanas, con varios conflictos bélicos en marcha, el mundo se puso a debatir sobre una oreja.
¿Ese orejón, con doble concha, era real o estaba generado por IA? Y si lo estaba, ¿podíamos deducir entonces que Irán había matado al timonel de Israel y que se nos ocultaba el hecho con un avatar creado artificialmente? Resulta más entretenido, sin duda, discutir sobre eso que acerca de la lucha de tensiones estratégicas en el estrecho de Ormuz. Pero es que sigo pensando, ahora que ya ha pasado esa fiebre, que en el pabellón auricular (en este caso, de forma casi literal, porque rivalizaría en dimensiones con el Sant Jordi y con el Wizink) de Netanyahu se esconde la llave maestra para entender nuestro mundo.
“A Quentin Tarantino le interesa ver cómo a alguien le cortan la oreja. A David Lynch le interesa la oreja”, escribió David Foster Wallace para comparar, y jerarquizar, a los dos cineastas. Lo que quería explorar el novelista (y me temo que con razón, pese a que todos tarareamos ‘Stuck in the middle with you’ cuando recordamos la escena torera de ‘Reservoir Dogs’) es que la violencia del mundo a menudo no nos conmueve, como no lo hace la de los dibujos animados. Él mismo lo aclaraba: “Lynch sabe que una acción violenta en el cine americano, por culpa de la repetición y la insensibilización, ha perdido la capacidad de aludir a nada más que a sí misma”.
Si miramos los noticieros, el mundo parece inmerso en una espiral ‘gore’ guionizada por Tarantino, director que, por cierto, vive en Tel Aviv desde hace un lustro y visitó en 2023 a las Fuerzas de Defensa de Israel, como hizo Marta Sánchez en el Golfo cantando a las tropas españolas ‘Soldados del amor’. Pero si queremos entender el mundo, nos parece más inquietante que una película de Lynch. Un mundo de lógica onírica donde no sabemos ya deslindar sueño y vigilia, ficción de realidad. Bombardeados por imágenes violentas del genocidio en Palestina, la invasión en Ucrania, las intervenciones por el petróleo, esa violencia ya no inmuta a muchos. Así que nos detenemos a hablar de si esa oreja es de verdad o de mentira. Y cuando lo hacemos en realidad lo que nos preguntamos es si nos podemos creer no solo lo que oímos, sino sobre todo lo que vemos.
La oreja rebanada en el césped de ‘Terciopelo azul’ lleva a su protagonista a investigar un raro submundo criminal que late bajo la tranquilidad de un pequeño pueblo. Como la mano llena de hormigas imaginada por Buñuel, esa oreja de Lynch, colonizada por insectos, es una invitación a asomarnos a los abismos de nuestras peores pulsiones. Y en ese simbolismo estilizado, asqueroso y surreal pueden exponerse quizá más claves que en la imagen devastadora de un tiroteo cruzado.
Así que yo entendía perfectamente por qué el mundo se había empeñado en analizar el doble agujero en el asa de trofeo de la Champions de Netanyahu. Un mundo inmunizado, sordo ante la violencia y que no alcanza a entender la lógica ciega de sus dirigentes, es normal que se centre en lo más elemental. Saber si esa oreja es humana o la ha dibujado una IA. Si lo que vemos y escuchamos es real o no lo es. Si el ser humano alberga pulsiones tan rotundamente oscuras. Si es capaz de repetir sus peores sadismos. Si hay un sentido en todo esto o la historia es un consomé caótico de caprichosos tropezones violentos. Sacudir con perplejidad la cabeza, frotarse los ojos y pensar: ¿pero de verdad somos capaces de destruirnos a nosotros mismos?n
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