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El negocio del miedo verde

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Hay gente que se ha hecho rica asustando al mundo. No fabrican nada, no cultivan nada, no limpian nada. SOlo venden conciencia. Prometen salvar el planeta, pero lo que de verdad salvan es su cuenta corriente. A veces llevan un documental bajo el brazo; otras, una fundación climática con sede en Luxemburgo. Lo grave no es que ganen dinero —todo el mundo tiene derecho a ganarse la vida—, sino que lo hagan vendiendo culpa mientras no tocan la raíz del problema.

Nos han convencido de que una bolsa de plástico es el enemigo y ahora pagamos por ellas en cada supermercado creyendo que con eso limpiamos el mar. Pero ese dinero no se destina a limpiar nada: simplemente engorda a la empresa que lo cobra. Una limosna ecológica para tranquilizar conciencias. Cada vez que oigo el pitido de la caja registradora, me parece escuchar el sonido exacto de nuestra ingenuidad.

Lo mismo ocurre con los tapones de las botellas. Europa se ha pasado años discutiendo cómo unirlos al envase, como si ese detalle fuese a detener los ríos de plástico que siguen bajando desde Asia hasta el Pacífico. Es como perseguir mosquitos en mitad de un incendio. Detrás, continentes enteros siguen arrojando toneladas de basura al mar sin que nadie les exija nada —y nosotros, mientras tanto, nos peleamos por un tapón de agua mineral.

De todo esto nace una nueva religión: la del consumidor arrepentido. No se predica en templos, sino en campañas publicitarias. Los feligreses reciclan, pagan tasas verdes, compensan su huella de carbono y compran productos ‘eco’ a triple precio. A cambio, reciben absolución moral y un punto de superioridad frente a los demás. Es un capitalismo con incienso: culpa para el ciudadano, beneficio para el de siempre.

Y encima, el sermón: no comas carne, no cojas el coche, no viajes en avión. Pero los que dictan las reglas viajan en Falcon, comen en restaurantes donde la proteína tiene apellido francés y se hacen fotos en Davos entre discursos sobre la austeridad. Predican sobriedad desde la suite de un hotel de cinco estrellas. A eso le llaman coherencia; otros, cinismo con panel solar.

Hemos convertido la sostenibilidad en un teatro moral. Se aplaude al famoso que promete plantar árboles —aunque no sepa distinguir un pino de un olivo— y se crucifica al que se compra un filete. Los nuevos dogmas se sirven con hashtags y el premio es no ser señalado. Más que una conciencia ecológica, hemos levantado una inquisición del consumo, donde lo importante no es cuidar el planeta, sino parecer bueno en Instagram.

No hay nada más rentable que el miedo, y el miedo ecológico se cotiza alto.

Quizá la verdadera revolución ecológica empiece el día en que dejemos de obedecerles. El día en que hagamos las cosas bien no para quedar bien, sino porque entendemos que el planeta no necesita más teatro. Los vertederos no se vacían con hashtags ni con culpa vendida a precio de mercado. Se vacían cuando alguien, por fin, toca la raíz. Y eso —curiosamente— es lo único que ninguno de ellos ha propuesto jamás.

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