Esquía, hijo mío, esquía
Hace unas semanas, el deportista olímpico noruego Sturla Holm Laegreid ganó la medalla de bronce en la prueba masculina de biatlón, una modalidad durísima que combina 20 km de esquí de fondo y tiro con rifle. En vez de celebrar su bronce por todo lo alto, saltar, dedicar la medalla a su madre (o, en su defecto, al país) y festejar el oro de su compañero, decidió decir la siguiente frase: «Hace seis meses conocí al amor de mi vida: la persona más hermosa y amable del mundo. Hace tres meses, cometí mi mayor error y la engañé». Y se puso a llorar. Estoy en contra de la violencia, pero ese tío se merece una colleja. Comparto los motivos.
Por plasta. Sturla, cariño, no se compite en los Juegos Olímpicos todos los días. Si tienes la fortuna de hacerlo, y encima tu compañero se lleva el máximo galardón, no seas aguafiestas. No le hagas sombra con tu arranque de cargo de conciencia baratero. Lo que has hecho no es de recibo. Muy mal.
Por hacernos sentir vergüenza ajena. Sturla, rey, cada cosa en su lugar. La frase dicha entre lágrimas y sollozos: «Mi única solución es contarlo todo, ponerlo sobre la mesa y esperar que todavía pueda amarme» no es adecuada cuando te enfocan las cámaras de medio mundo. Se lo puedes decir a tu psicólogo, a tu amigo o, incluso, a tu amada en un mensaje por WhatsApp. Tu puesta en escena nos hizo querer apagar la tele y renegar del deporte.
Por poner al amor de tu vida en una tesitura incómoda, por decir algo. La pobre ha dicho que ella jamás pidió estar ahí y ser el centro de atención. Te entiendo, chica. Me recuerda a una amiga que vivió una crisis mayúscula con su pareja, al descubrir que le era infiel. El problema fue darse cuenta de que le importaba un bledo lo que él hiciera. Cuando ella le comunicó la ruptura, su reacción fue presentarse en su oficina con un anillo y ponerse de rodillas delante de sus compañeros. Hay que ser muy estúpido emocionalmente para hacer algo así. Si ella pudiera, le enviaría al fin del mundo de una patada en el trasero.
Por mentecato. Sturlita de mi alma, ¿no te ha enseñado nadie que la sinceridad está sobrevalorada? Si no te preguntan, no es necesario decirle a alguien que tiene sobrepeso, que parece mayor o que luce mala cara. Y tampoco es necesario que, para limpiar tu conciencia, hagas daño gratuito a tu pobre ex. Mi padre decía que, en cuestiones afectivas, el sentimiento de culpa debía gestionarse y sufrirse en silencio. Pues eso.
Por obligarme a cuestionar mis convicciones. Llevo años pensando que la coraza emocional y el no siento ni padezco de Humphrey Bogart había hecho daño al género masculino. Llevo años creyendo que los hombres capaces de mostrarse vulnerables y compartir sus emociones son sexis, pero ahora llegas tú y me parece que tus lágrimas evidencian tu egoísmo y llamada de atención. Entre tú y Humphrey, retrocedo en el tiempo y vuelvo a la casilla de salida.
Lo mires por donde lo mires, Sturla, lo mejor que puedes hacer durante un tiempo es esquiar. Tú solo esquía. Hazlo como si no hubiera un mañana. Y no mires atrás.
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