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Desde el asiento trasero de un i20

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18.03.2026

¿Se puede sentir nostalgia por una máquina? Yo sí. Esta mañana me despedí de mi coche, con el que recorrí 176.000 kilómetros en los últimos 16 años, y casi se me escapa una lagrimilla. Demasiados recuerdos. En su asiento trasero, mi hija comenzó sentada sobre un alzador y, finalmente, según fue creciendo, acabó atada solo con el cinturón de seguridad. Hace unos seis años creó una lista en Spotify titulada ‘En el asiento trasero de un i20’ con las canciones que escuchó desde allí cuando era pequeña, algunas de ellas cuando apenas tenía tres años y circulábamos en otro vehículo, un Opel Corsa. Que las recuerde me sorprende, e incluso le pregunté extrañado cómo podía acordarse de algunas si, por entonces, era una cría. En esa lista aparecen Kings of Convenience, The New Raemon, Iván Ferreiro, Bombay Bicycle Club, Beirut, Vetusta Morla, Lori Meyers, The Temper Trap, Franz Ferdinand, The Strokes, Kaiser Chiefs, Sufjan Stevens, León Benavente, Antònia Font, Supersubmarina, Interpol... Con esa banda sonora cruzamos (ella ya iba en el asiento delantero) los Alpes franceses por la carretera más alta de Europa, la de la Col de Bonette, y subimos luego el Stelvio, rodeados de nieve, rumbo a Stuttgart, en un largo e inolvidable viaje iniciático en el que paramos en Austria para comer un bretzel, en Besançon para animar a Francia en la Eurocopa, en Tarragona para recibir una feliz noticia y en Dénia para recibir otra gran alegría por teléfono. A bordo, mi mujer y yo fuimos brigada en Almería, subimos a la montaña más alta y gritamos nuestros nombres en bucle. Mi hija también siente nostalgia por el pequeño coreano. Nos consuela , eso sí, que no irá directo al desguace, pues alguien, por poco dinero, aún hará rendir su motor (que nunca ha fallado; la pintura, sí) durante unos años más. Seguro que su sustituto, con su tecnología punta y lucecitas LED, no tardará en embaucarme y que con él viviré momentos inolvidables... y otros no tanto, como esos baches eternos en Can Bonet que siguen tal como estaban hace ocho años, desde que llegué al barrio. En Sant Antoni saben organizar fiestas, pero pasan olímpicamente de mantener las infraestructuras viarias. Aun así, el i20 resistió sus socavones y su desidia.

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