La épica de lo cotidiano
Era lunes, primera hora de la mañana; hacía poco que había amanecido. Tenía el balcón abierto para intentar refrescar la habitación, caldeada por el extraordinario calor de un verano meteorológico que se resiste a acabar mientras el astronómico se aproxima a su final, llevándose consigo cada día entre dos y tres minutos de luz. Estaba haciendo la cama y de pronto escuché a alguien: «Hombre, Ramón, ¿qué haces por aquí tan temprano? ¿Cómo andas? Hacía tiempo que no te veía. Venga, que te invito a desayunar, por lo menos un café».
El destinatario de esas palabras, en absoluto forzadas, tampoco falsas, pronunciadas desde la compasión, era un hombre sin edad; a eso te condena la calle, dejas de cumplir años en cuanto pierdes tu casa, salvo que seas sintecho en Madrid, entonces tus pertenencias y enseres acaban en la basura. Al........
