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Semana Santa y mi abuela en un pueblo de La Mancha

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02.04.2026

Semana Santa. La impresión de ver con ojos infantiles hileras interminables de capuchinos uniformados, un ejército que camina despacio con sus cirios de penitentes, sus capirotes puntiagudos que ocultan los rostros, el ritmo marcado de los tambores que retumba en el pecho, las trompetas rasgando el silencio con su lamento. Ojos infantiles que observan espantados los pies descalzos llenos de magulladuras asomando por debajo de la túnica, algunos tobillos unidos por gruesas y pesadas cadenas, los que se fustigan la espalda desnuda, los que van de rodillas. La alegría cuando un cofrade alarga la mano enguantada para darte un caramelo. La Semana Santa siempre me recuerda a mi abuela y a esas procesiones eternas y multitudinarias de Alcázar de San Juan que me dejaron escenas y emociones grabadas como si hubieran sido ayer. La Semana Santa era mi abuela contándonos historias de la Biblia cada noche como si fueran cuentos, en una habitación helada de casa de pueblo, durmiendo las cuatro en dos camas de hierro y colchones de guata que había que ahuecar para que no se clavara, y que calentaba con bolsas de agua caliente. Las mantas pesaban tanto que casi no podíamos movernos. Esta época también me trae el aroma de aquellas flores de masa frita que hacía la Justi y que no he vuelto a ver en ningún otro sitio: usaba un molde de hierro largo que hundía en la masa y metía en una enorme sartén llena de aceite hirviendo. La Justi, manchega hasta la médula, personaje almodovariano como ninguno, en el patio cubierto de azulejos y lleno de plantas, con su ‘ay, hija mía, qué hermosa’. Era su palabra favorita, ‘hermosa’ y ‘hermosura’. Y ‘ay, qué pena’ para todo. El lechero que iba de casa en casa llenando las lecheras de metal. Aquella merienda deliciosa que nos hacía mi abuela y tampoco he vuelto a probar, pan con la nata que quedaba de hervir la leche y azúcar.

Las tres niñas jugando a perseguir a las gallinas del señor Alfonso, corriendo detrás de ellas subidas en las cuñas de esparto de mi madre, disfrazadas con la ropa que ella y mi tía habían abandonado hacía años en los armarios de la casa del pueblo, cuando marcharon a Madrid. El viejo señor Alfonso enfadadísimo porque algo había pasado en su corral, y mi abuela aún más enfadada porque sus nietas, por supuesto, no tenían absolutamente nada que ver y «jamás» hacían trastadas. Y nosotras, pequeñas, con nuestra mejor cara angelical, mirándonos de reojo.

Semana Santa, vacaciones con mi abuela y mis hermanas en aquel lugar de La Mancha que será siempre territorio de nuestra infancia.

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