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La normalidad de las puertas abiertas

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06.04.2026

Hubo un tiempo en que las llamadas puertas giratorias provocaban un escándalo inmediato. No era necesario demostrar delito alguno, bastaba la incomodidad moral de ver cómo quien había legislado ayer pasaba hoy a beneficiarse de aquello que ayudó a diseñar. Existía, al menos, una conciencia compartida de que algo no terminaba de encajar.

Hoy esa incomodidad se ha relajado. No porque el fenómeno haya desaparecido, sino porque se ha integrado en el paisaje. Las puertas ya no giran, permanecen abiertas. Donde antes había reproche, ahora hay resignación. Se impone cierto escepticismo cansado, como si el ciudadano hubiese asumido que la frontera entre lo público y lo privado es, en el mejor de los casos, porosa. No se ha dejado de denunciar, pero se ha perdido la capacidad de transformación.

En sectores especialmente regulados, como el energético, esta dinámica resulta aún más visible. Las decisiones administrativas o las adjudicaciones no son solo actos técnicos, sino que configuran oportunidades económicas de enorme peso. En ese contexto, la proximidad entre responsables políticos y actores empresariales no necesita ser ilícita para resultar problemática, basta con que sea verosímil.

España cuenta con ejemplos conocidos en este debate. En la cumbre, la incorporación de expresidentes del Gobierno como Felipe González o José María Aznar a consejos de grandes compañías energéticas. No solo eran nombres propios, sino que apuntalaban la idea de que la experiencia política encontraba una rápida traducción en posiciones de influencia empresarial.

Más recientemente, controversias en torno a adjudicaciones como las asociadas al entorno de Forestalia, han reactivado esas sospechas. No tanto por la existencia probada de irregularidades, sino por la impresión de que el acceso, la información o las relaciones pueden inclinar la balanza en contextos donde se reparten recursos de enorme valor.

Este es el núcleo del problema, cuando los mecanismos de decisión son técnicamente complejos y políticamente sensibles, cualquier zona gris se convierte en un terreno abonado a la desconfianza. El verdadero deterioro no reside tanto en la existencia de posibles conflictos de interés como en su progresiva normalización. Cuando el sistema acepta como inevitables estas transiciones, deja de preguntarse por sus consecuencias. Y sin esa pregunta, desaparece la exigencia de límites claros.

Porque cuando todo parece normal es cuando más conviene preguntarse si debería serlo. Cuando el foco se sitúa, también en Aragón, el debate deja de ser abstracto y es visible quién decide, a quién beneficia y con qué controles.

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