De delfines, kayaks y alguna que otra fantasía
Excursiones en kayak. / DI
Nunca olvidaré aquel iniciático día en que adquirí mi primer kayak, a principios de los noventa. Iba caminando frente a una tienda de náutica cuando, de súbito, sentí que alguien −o algo− posaba su mirada sobre mí. Giré la cabeza y allí estaba el kayak en cuestión, reluciente tras el escaparate, escudriñándome a fondo; se le notaba impaciente por fugarse de su encierro y cumplir con su destino: ser como un delfín.
De acuerdo, ustedes ganan: esta suerte de chalupillas de tres al cuarto carecen de ojos, pero sí saben observar. Y lo hacen con el mismo magnetismo ancestral con que los delfines nos plantean siempre la misma cuestión con su dulce mirar: «¿Por qué abandonasteis la patria de las olas y nos dejasteis solos?». No se molesten en comprobarlo; si le preguntan a cualquier kayakista, les dirá lo mismo que yo. Sobre todo si lo pillan de vuelta a la orilla en su embarcación, ebrio de mar.
Así que no me lo pensé. Fue una venta veloz. Vi, entré y lo compré (que me perdone Julio César por cambiar algunos de sus verbos). Mi Rubicón no fue otro que la propia tarjeta de crédito, que acabó, la pobre, con tiritona electromagnética del esfuerzo. Los kayaks no son caros, pero mi economía de entonces...
Entrar en la tienda fue un paso pequeño −poco más que de lombriz− que, sin embargo, me acabaría llevando a distancias marítimas acumuladas casi de cetáceo. ¿Que no he ido atesorando, a lomos de todos los kayaks de mi vida, un gran cofre repleto de millas náuticas? Sobre todo de las Pitiusas. (Que conste aquí, por si en un futuro cercano solicito el certificado de ‘residencia eterna’ en........
