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Cuquita Himalaya (una novela rosa)

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04.04.2026

Hay gente que se pasa la vida entera buscando su verdadera vocación, sin llegar nunca a encontrarla. Otros, ni siquiera se plantean el asunto y sobreviven haciendo lo que el contexto les impone. Danilo, en cambio, supo desde muy temprano que su destino era llegar a ser un gran artista. Aprendió a leer antes de ingresar en la escuela primaria y cada semana devoraba libros de cuentos y tiras cómicas por docenas. Dibujaba con gran precisión y cantaba en el coro de la iglesia. Cuando comenzó el primer grado de enseñanza elemental, ya componía pequeños poemas que luego recitaba en el patio de recreo. A veces se imaginaba que cuando fuera grande escribiría novelas y sería un autor famoso. Danilo era un intelectual nato.

Pero lo que realmente le entusiasmaba era la moda femenina. Su juego preferido eran las cuquitas, unos cuadernos con muñecas de papel recortables, a las que cambiaba de ropa colocándoles unos vestiditos de quitaypón que venían en el mismo álbum.

Las mujeres de la familia —su madre, su tía Asunción y su abuela Jacoba— seguían con orgullo la evolución del niño. El padre, en cambio, veía con recelo aquellas veleidades. Para un macho revolucionario como él, esa tolerancia con el arte y las muñecas era la forma más segura de convertir a Danilo "en un mariquita perdido".  Pero el capitán Rigoberto Mosquera, alto funcionario del Gobierno socialista, sabía que poco podía hacer ante la influencia femenina que dominaba la vida hogareña. Sobre todo, porque las obligaciones de su cargo no le dejaban mucho tiempo libre para ocuparse de su único hijo. 

—Único por partida triple —solía decir el padre—. Nieto único de su abuela, sobrino único de su tía y, para colmo, hijo único de una madre demasiado permisiva. Por eso lo miman tanto y le dejan hacer lo que le da la gana.

La pasión de Danilo por la moda y el diseño pronto lo convirtió en uno los alumnos más estimados........

© Diario de Cuba