Cuquita Himalaya (una novela rosa)
Hay gente que se pasa la vida entera buscando su verdadera vocación, sin llegar nunca a encontrarla. Otros, ni siquiera se plantean el asunto y sobreviven haciendo lo que el contexto les impone. Danilo, en cambio, supo desde muy temprano que su destino era llegar a ser un gran artista. Aprendió a leer antes de ingresar en la escuela primaria y cada semana devoraba libros de cuentos y tiras cómicas por docenas. Dibujaba con gran precisión y cantaba en el coro de la iglesia. Cuando comenzó el primer grado de enseñanza elemental, ya componía pequeños poemas que luego recitaba en el patio de recreo. A veces se imaginaba que cuando fuera grande escribiría novelas y sería un autor famoso. Danilo era un intelectual nato.
Pero lo que realmente le entusiasmaba era la moda femenina. Su juego preferido eran las cuquitas, unos cuadernos con muñecas de papel recortables, a las que cambiaba de ropa colocándoles unos vestiditos de quitaypón que venían en el mismo álbum.
Las mujeres de la familia —su madre, su tía Asunción y su abuela Jacoba— seguían con orgullo la evolución del niño. El padre, en cambio, veía con recelo aquellas veleidades. Para un macho revolucionario como él, esa tolerancia con el arte y las muñecas era la forma más segura de convertir a Danilo "en un mariquita perdido". Pero el capitán Rigoberto Mosquera, alto funcionario del Gobierno socialista, sabía que poco podía hacer ante la influencia femenina que dominaba la vida hogareña. Sobre todo, porque las obligaciones de su cargo no le dejaban mucho tiempo libre para ocuparse de su único hijo.
—Único por partida triple —solía decir el padre—. Nieto único de su abuela, sobrino único de su tía y, para colmo, hijo único de una madre demasiado permisiva. Por eso lo miman tanto y le dejan hacer lo que le da la gana.
La pasión de Danilo por la moda y el diseño pronto lo convirtió en uno los alumnos más estimados por las niñas del colegio. Inspirándose en las cuquitas de su colección y en las revistas de moda, Danilo les diseñaba faldas, blusas, vestidos, trajes deportivos, bikinis y todo tipo de atuendos que luego sus madres podían coser en casa. El racionamiento y la escasez de artículos en las tiendas le conferían aún más valor al peculiar talento de modisto que el pequeño Danilo exhibía sin pudor desde la infancia.
Con el paso de los años, su popularidad entre las chicas de la escuela creció a la vez que aumentaba el desprecio que le profesaban sus condiscípulos. Las niñas se referían a él como Dan o Dany, pero los varones pronto le apodaron Cuquita y se burlaban cruelmente de sus gustos y modales afeminados. Lo insólito del asunto es que a Danilo no parecía importarle en lo más mínimo la reacción de los demás niños. Se sentía muy superior a los que él llamaba "los cafres" del aula y apenas se dignaba responder a sus puyas.
El repertorio de motes que los cafres empleaban para denigrarlo aumentó considerablemente a mediados del cuarto curso. A la maestra de Lengua Española le correspondió ese año la coordinación del acto cívico en el que se conmemoraba el inicio de las luchas por la independencia de la Isla. Como Danilo era uno de sus alumnos favoritos, la profesora le encargó que se aprendiera de memoria un largo poema narrativo, obra de un patriota letrado del siglo XIX que el gobierno había consagrado oficialmente con el título de "Autor Intelectual del Asalto al Cuartel Moncada".
El nombramiento honorífico hacía referencia al fallido golpe de Estado de 1953, que ahora se veneraba como el acto fundacional de la epopeya revolucionaria que culminó en la victoria de enero de 1959. El título se repetía tanto en la propaganda del régimen, que los alumnos más jóvenes terminaron por creer que el binomio correspondía al nombre de pila y el apellido familiar del prócer y se referían a él como "Autor Intelectual" a secas. A veces, para subrayar la importancia del personaje, le añadían una hache a cada término, que entonces quedaba convertido en "Hautor Hintelectual".
Danilo se aprendió pronto las 36 estrofas del poema, dando muestras de su excelente retentiva. Y el día del acto no solo recitó los versos sin saltarse ni una coma, sino que también los interpretó. Con profusión de muecas y ademanes, dio vida a cada uno de los personajes y las situaciones que las estrofas describían, para regocijo de los espectadores.
El argumento de la poesía es un cuento un poco cursi, en el que una niña de familia rica va con su madre a la playa, donde encuentra a una niña pobre, enferma y descalza. Pilar, que así se llama la protagonista burguesa, le regala sus zapatos —"Los zapaticos de rosa", que dan título a la historia rimada— a la desventurada proletaria.
El resultado de la actuación fue que, partir de ese día, a Danilo lo rebautizaron con una variopinta colección de nombretes, sacados todos del poema de marras. Así, llegó a ser alternativamente Pilar, Magdalena o Florinda, según el humor de sus acosadores.
La segunda estrofa fue especialmente fértil en pseudónimos. Pilar recibe la autorización paterna para bajar a la playa en estos versos: "¡Vaya la niña divina!,/ dice el padre, y le da un beso:/ Vaya mi pájaro preso/ a buscarme arena fina".
Desde entonces, antes que Danilo llegara al aula, los más canallas solían dibujar en el pizarrón una niña con largas trenzas rubias coronada con un halo de santidad o un pájaro con uniforme de presidiario y un grillete con una bola de hierro atada a la pata. [……] Como el padre había previsto, a medida que Danilo crecía, los problemas se multiplicaron. El primero de todos fue el de las amistades peligrosas. Por lo general, eran muchachos homosexuales un poco mayores que ni estudiaban ni tenían ocupación alguna conocida —"sin oficio ni beneficio", decía irritada Asunción—. El más notorio del grupo era Casimiro Alfonso, un albino flaco al que todos llamaban "Blanca Palidez". El apodo se derivaba de la canción "A Whiter Shade of Pale", del grupo pop británico Procol Harum, que por aquellos años se popularizó en una versión española un poco más fúnebre que la original. Casimiro era aficionado al ocultismo y la astrología, y creía que el mundo estaba regido por misteriosas sociedades secretas que determinaban el rumbo de la historia.
Otro de los nuevos amigos que se incorporó a la camarilla (como la bautizó Asunción) era un mulato de cabello lacio y facciones angulosas llamado Lázaro Bermúdez, más conocido como "Pelo Muerto". Lázaro descuidaba bastante el aseo personal, algo que en la cultura cubana de entonces era todavía un tabú muy arraigado, de manera que el mote a veces se modificaba ligeramente y le llamaban "Perro Muerto". Danilo sentía especial admiración por su amigo, sobre todo porque tocaba bien la guitarra y cantaba con una voz muy hermosa.
El cuarto mosquetero era un guajiro corpulento, con fama de pendenciero y gran consumidor de yerba y pastillas de todo tipo. Se llamaba Vladimiro Montañez y alardeaba de tener el aparato genital más grande del país, de ahí que su nombrete oficial fuera "Cabilla", aunque en el barrio se le conocía más bien por el poco halagüeño apodo de "El Buga de Guardia". Vladimiro actuaba un poco como protector del grupo y las malas lenguas afirmaban que "Rosita", "Blanca Palidez" y "Pelo Muerto" eran las favoritas de su harén.
Pero las relaciones dentro de la camarilla estaban lejos de ser como la gente imaginaba.
Miguel Sales nació en La Habana en 1951. Sus últimos libros publicados son La balsa de papel: Crónicas del tardocastrismo (Hypermedia, Madrid, 2018) y el libro de cuentos El Bobo de la Yuca y otros cuentos antiguos (Verbum, Madrid, 2025).
