La ropa
Lo que hizo el contrariado fue actuar contra la sensatez, la rectitud y todas las palabras que a ello se avienen. Se dispuso a intervenir en compañía para que su faena tuviera el resultado idóneo. Pues de lo que se trataba era de dejar ver un acto de repulsa para enfrentarse a los pacatos y pusilánimes que por siempre nos rodean. Habría lugar y constató la fecha: el 15 de junio. Sentenció para que lo oyeran esos a los que se dirigía: somos por la consecuencia. Y revelo: la ONU impone que ese día es el día mundial de las habilidades de los jóvenes: muerte a lo viejo. Además, se recuerda al sabio del siglo XIII San Buenaventura y a la mártir Santa Lucía. Porque de eso se trata, concluyó: de la sabiduría que informa para sí y revoca y el siniestro martirologio que nos hace claudicar ante la siniestra sociedad y contra la que es necesario luchar. Así, ¿vestidos por qué? ¿Por qué no desnudos? Pues lo que se consigna es manifestarse en proporcionalidad. En consecuencia, retar por la ropa. De ese modo procedió. Señaló a los veinte y pocos amigos y los conminó a asistir desnudos a las respectivas labores. Es una reivindicación. Pues ha de constarse que lo que informa al ser es al ser en su gravedad, no disfrazados. Llegó el día. Ni Jacinto Méndez, cardiólogo, ni Antonio Reyes, magistrado, ni Pedro Miralles, arquitecto, ni Nicolás Paredes, profesor de instituto, etc., salieron de sus casas desnudos a sus trabajos. Cuestión de metafísica, sin médula, adujeron. ¡Pacatos burgueses de pacotilla!, apostilló el inquieto. Así es que el único que asistió al cumplimiento de sus deberes sin ropa, a la Facultad de Bellas Artes donde asistía, fue él. Para desmedro e incluso espanto de sus compañeros, mucho más de sus alumnos, chicas y chicos de 18 o 20 años. De ese modo se presentó, sin unas tristes cholas para los pies. El escándalo fue mayúsculo, a fuer de las carreras del decano, de la secretaria y del personal de seguridad. Por honor y dignidad el insumiso se negó a cubrirse. Era un rebelde y de ese modo se manifestaba para que quedara claro cuál era la cota ideológica que lo señalaba. Y ello, dijo, contra las prohibiciones, las falsas costumbres, las disformes cautelas o las hipocresías. La sociedad no ha de tapar a los individuos, los ha de dejar ser. Llegó la policía. Lo retuvieron por las manos con esposas, luego de taparlo con una manta, y se lo llevaron a la comisaría. Allí permaneció por dos días. Pagó 50.000 euros y salió. Aguardaba el juicio previsto. Que llegó. Con un señalamiento persistente: exigió al juez asistir a la sesión de cargos desnudo. Lo logró, de ese modo se manifestó en el juzgado, la cabeza gacha del fiscal, los magistrados que acompañaban y demás abogados. Inopinadamente el juez del caso no permitió la asistencia de público a la vista.
