Hodio y hamo
20 de marzo 2026 - 03:08
Quién te ha visto y quién te ve! No pareces, Ernesto, ni la sombra de aquel pecoso doncel que, en el encierro en la Curia, ¿te acuerdas?, acertó a seducirme recitándome al oído esos sonados versos de Catulo que la crecida del tiempo todavía no ha logrado erosionar: «Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris. Nescio, sed fieri sentio et excrucior.» Como tampoco he olvidado aún la versión o perversión de los mismos que tú pergeñaste a lápiz sobre una servilleta de papel: «Ni pintada puedo verla y me bebo los vientos por ella. Que cómo eso se come puede que te preguntes. Pues ni repajolera idea. Pero así se lo nota el hijo de mi madre y así lo roe el regomeyo.» Ernestín, hijo, dime qué ha quedado de aquel novatillo tan aguerrido y echado para adelante que se pavoneaba de ser tocayo del Che y que, en aquellos años en los que Paco el rana tenía ya la caja pegada al culo, era el primero en apuntarse a un bombardeo, bien convocando asambleas, bien repartiendo pasquines, bien desgañitándose al grito de Amnistía, bien portando a rastras una pancarta de brozna caligrafía por las calles Puentezuelas y Tablas arriba o bien saboreando el jarabe de palo que dispensaban a granel en los calabozos de la plaza de los Lobos.
Me cuesta creer que aquel rojillo amancebado con la causa de la Igualdad y la Libertad se haya convertido con los años en el vejestorio que hoy aplaude con las orejas la herramienta con la que el gobierno de España pretende analizar y medir los contenidos de odio que circulan por las redes sociales. Hodio, la llaman. Te has encanallado en la traición, Ernesto. Debiste hacer como hice yo, tu mujercita: mandar al cuerno al PSOE cuando pastoreado por Felipito el partido renunció al marxismo. ¿Es que se te ha olvidado que ese amor abortado por el egoísmo y la estupidez que llamamos odio es el verdadero combustible de la historia y la lucha de clases? Y no digamos de la Literatura. De hecho, no se entendería la Ilíada sin el odio de Aquiles hacia quienes le arrebatan a Briseida y Patroclo, ni La Celestina sin el rencor fundado de los criados y las prostitutas hacia la patulea nobiliaria que los explota, ni La casa de Bernarda Alba sin la inquina en la que se empantana la joven vitalidad desbravada por una madre desalmada que confunde el orden con la muerte. Privarse del odio supone privarse del amor. Anestesiados, no sentiremos los golpes, pero tampoco las caricias.
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