Pedro Molina
14 de marzo 2026 - 03:08
Hace casi un año inventé un personaje que me dio más quebraderos de cabeza que satisfacciones. Yo solo quería simbolizar el lado oscuro y ríspido de la vida, los seres con una existencia orientada hacia la inquina, la mezquindad, el mal. Acostumbrados a identificar esas miserias humanas en los grandes personajes, no reparamos en que miles, millones de réplicas de ellos nos acechan en nuestra cotidianidad más humilde. En privado hubo quien me manifestó que compartía mi visión y que, en efecto, el personaje resumía una realidad obvia que podía constatarse en cualquier sitio y en cualquier momento. Pero también incomodó seriamente a otras personas, lo que viene a demostrar que los personajes terminan siendo dueños de sí mimos y no de sus autores (sobre eso también escribí después).
He de reconocer que me quedé con el regusto amargo de haber transmitido una visión radicalmente pesimista de nuestro mundo. Hoy quisiera ocuparme de la otra parte, la llena de luz y bonhomía. Cuando se hace una historia suele hablarse de un viejo, de un niño o de sí mismo, como decía Silvio Rodríguez. Pero mi propósito es hablarles de un hombre que, en realidad, era un ser de otro mundo, de otra galaxia, aunque habitaba entre nosotros. Nació un día soleado del octavo mes. Su cabeza privilegiada recorrió de punta a punta las esencias más profundas del planeta. Pero encontró la vida en plenitud, repleta de siluetas adorables, amables, dignas de ser acariciadas con el mayor de los mimos. Y decidió contribuir a mejorarla, en toda su extensión y en toda su intensidad, con la generosidad cósmica que solo está reservada a los hombres grandes y buenos, ahora en la acepción machadiana del término.
Yo siempre lo sentí como una versión actualizada de esa “Canción del Elegido” de Silvio Rodríguez, transitando entre dificultades e inconvenientes, siempre cargado con sus palabras y sus gestos, tan enraizados en el presente, tan comprometidos con el futuro de quienes estaban a su alrededor, también con el de todos, con la humanidad sin distingos. No en vano mi director de tesis, Juan Alfredo Bellón, me dijo una vez que iba a conocer al último humanista. Realmente, su vida fue así, dejando un rastro continuado, denso y hermoso de sensibilidad por la otredad, de generosidad, de positividad sin esquinas.
Esta vez no hablo de un ser imaginario, sino un ser real llamado Pedro Molina, un ser maravilloso que nos ha dejado, mi amigo del alma.
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