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EL PERÚ DE HOY, ¿CON FE EN EL FUTURO?, columna de Ricardo Ghibellini

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Los 48 años que llevo trabajando en procesos electorales —desde 1978, casi siempre del lado de la derecha y el centroderecha, con una sola excepción: Alfonso Barrantes en 1989— dan perspectiva. No de tribuna, sino de cocina. Lo digo para situar de dónde viene esta opinión. Lo que ese tiempo enseña es esto: el problema del Perú no es la política. Es la cultura política. O, más precisamente, su ausencia.

Hay un país que trabaja, produce y entiende cómo funcionan las cosas. Pero cuando entra al terreno electoral, algo se apaga. La lógica cede ante la fe, el miedo o la imitación. Así conviven el votante que razona con el fanático que defiende lo indefendible, el ingenuo que compra promesas y el imitador que repite consignas sin saber muy bien por qué. El resultado es predecible: candidatos que no resistirían una revisión básica —de gestión, de equipo, de trayectoria— logran adhesiones, algunas masivas. No por mérito, sino por narrativa o por estridencia. En un país que se presume informado, eso debería incomodar. Pero no incomoda. Incomoda señalarlo.

Existe una excepción relativa: un sector que vota sin aspavientos ni épica impostada, con criterio y continuidad. No es suficiente, pero es lo más consistente. Veremos si en segunda vuelta logra consolidarse o si también cede al ruido.

Al otro lado, la izquierda muestra algo que la derecha ha perdido con notable negligencia: organización, relato y base. No necesariamente por acierto propio, sino por los errores ajenos. Cuando la alternativa es el desorden, cualquier estructura parece virtud.

Y ahí está la paradoja: en el sector que debería sostener una propuesta racional, abunda la defensa emocional y desinformada. Gente preparada, con recursos y experiencia, que decide creer antes que verificar. Las evidencias están disponibles, accesibles, sin costo. Pero la disposición para usarlas es, al parecer, el recurso más escaso del ciclo electoral.

Hay candidatos cuya historia habla sola. El equipo que no existe, la gestión que no aparece, el rastro público que, leído con atención, no construye: destruye. Y sin embargo, algo en cierto electorado prefiere al salvador que cruzará el desierto a quien pueda demostrar que sabe administrar. Sin cultura política, no hay candidato que alcance. Y con electores que tienen los datos y eligen no usarlos, cualquier cosa puede pasar. En el Perú, eso no es una expresión retórica. Es un pronóstico.


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