menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

«Yo creo en Dios, a mi manera»

15 0
03.03.2026

Creado: 03.03.2026 | 05:00

Actualizado: 03.03.2026 | 05:00

En una entrevista en la alfombra roja de los Premios Goya, celebrados el pasado 28 de febrero en Barcelona, la actriz Sílvia Abril (fantástica cómica) criticó con contundencia el aparente retorno de la juventud española a la religión. Y, más concretamente, a la Iglesia Católica. «Me niego a aceptar que la juventud que sube tenga esa carencia y esa tirada hacia lo cristiano», decía; «me da pena que necesiten creer en algo y se agarren a la fe cristiana». «Lo siento por la Iglesia. Menudo chiringuito tenéis montado. Se acabó», sentenciaba, mirando a cámara.

Abril se expresaba así, entiendo, en respuesta al éxito de la película Los domingos, que narra el caso de la joven Ainara que opta por abrazar la vocación de monja de clausura, ante la incomprensión de su familia y especialmente de su tía Maite, interpretada magistralmente por Patricia López Arnaiz. O, quizá, por los datos del CIS, que aunque siguen indicando una menor religiosidad que antaño, también muestran un repunte entre los jóvenes que se declaran «católicos practicantes»: han pasado del 7% en 2010 al 15% en 2025. O quizá lo decía por Rosalía, que ha hablado de su interés por lo místico y de su búsqueda sincera de Dios, y que nos ha regalado un álbum como LUX, en el que la espiritualidad es protagonista. O, por La Oreja de Van Gogh, que en su primer single tras el regreso de Amaia Montero, canta «yo creo en Dios, a mi manera». O por el éxito de grupos de música como Hakuna. O por la presencia masiva de jóvenes en eventos como la JMJ, en retiros espirituales, en peregrinaciones... Incluso en algunas iglesias.

Todas estas expresiones de religiosidad han sido recibidas por algunos sectores con estupor, contrariedad, enfado o incluso miedo. A mí, personalmente, me sorprende que quienes han criticado por activa y por pasiva el dogmatismo de la Iglesia sean tan agresivos e intransigentes con la libertad de aquellos que están explorando la fe libremente. O que se sorprendan de que haya quien no encuentre respuestas en un mundo nihilista, hedonista y consumista, y se plantee otros horizontes. Gente a la que aquello de amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a uno mismo, o incluso amar al enemigo, le suena bien. ¿Tan raro es? ¿Tan peligroso?

Entiendo que sea difícil aceptar que lo más punk que se puede hacer hoy en día es rezar, formar una familia y vivir la fe sin complejos. O que resulte incómodo que sea más irreverente y revolucionario llevar un crucifijo que desnudarse delante de una iglesia. Comprendo también que haya quien asocie la espiritualidad de los jóvenes a oscurantismos, supercherías y fanatismo, aunque esta percepción se sustente más en prejuicios y miedos del observador, que en la realidad del creyente común.

Comprendo toda esta expectación, sorpresa, estupor, recelo... Pero no deja de desconcertarme. Quizá sea hora de que algunos, como mi admirada Silvia Abril, abandonen el papel de Maite, la tía de Los domingos, y dejen a los jóvenes decidir por sí mismos. Que abandonen el maternalismo o paternalismo, que dejen de lado su particular dogmatismo e intransigencia, que se abran a otras posibilidades, que reconozcan que no poseen toda la verdad... Quizá toca respetar el camino personal y libre de cada uno en la fe (o el ateísmo o el agnosticismo) sin tabúes ni ideas preconcebidas. 

Vaya, no sé, es una idea. 


© Diari de Tarragona