El Naufragio de los Bufones
Estimado Toño:
Te encuentras ante un espejo cóncavo que agiganta lo vacío y empequeñece la sabiduría, tus palabras transitan de una simple observación; a ser el acta de nacimiento de una resistencia necesaria.
Escribes con la perplejidad de quien reconoce que el mundo ha invertido sus valores: “entre más idiota es lo que se presenta, genera más impacto”.
Tu análisis es certero: hemos regresado a la época de los bufones, pero con una diferencia trágica.
Mientras el bufón del teatro griego era un intelectual que fingía idiotez para subvertir al poder, el actor de hoy es idiota por vocación, un engranaje funcional que sirve al sistema del poder, para distraer a las masas de las decisiones reales.
Como escribes, vivimos en una sociedad, en la cual, -"si no te muestras, no existes"; es una creencia muy común hoy en día, impulsada sobre todo por la tiranía del algoritmo y las redes sociales.
Esa frase confunde "existir" con ser "visto".
Esta situación condicionante la padecen un buen número de personas proporcionar algunos argumentos que si los reflexionas te darán un enfoque diferente:
Primero:
Hay que entender y comprender que las redes son regidas por los algoritmos, no es un juez de "existencia", sino un motor de consumo.
Segundo:
No aparecer no es "no existir", es simplemente no ser rentable para una corporación.
Miles de personas "se muestran" obsesivamente y el algoritmo las ignora (La invisibilidad del algoritmo (Shadowbanning y Sesgo).
Si la existencia dependiera de las redes, millones de usuarios no activos serían "fantasmas" digitales.
El algoritmo solo premia lo que genera retención y dinero, no lo que es valioso o real.
Tercero: la influencia real.
Los cambios sociales, políticos y económicos más profundos ocurren en canales que no son públicos (chats privados, foros especializados, redes de confianza).
El poder real hoy es privado.
Mientras la masa se pelea por un "like", las decisiones que afectan al mundo se toman en espacios donde "mostrarse" es un error estratégico.
Cuarto:
El prestigio digital se mide por la exclusividad, ya que predomina el valor de la escasez.
En la economía de la atención, lo que abunda pierde valor.
Alguien que está en todas partes se vuelve "paisaje".
Hoy, el prestigio digital se mide por la exclusividad.
No estar disponible para el ojo público es un signo de estatus y autonomía, no de inexistencia.
Quinto:
Privilegiar el contenido sobre envase: El algoritmo es un sistema de indexación.
Si no tienes un contenido sólido (experiencia, conocimiento, obra), mostrarte es solo "ruido".
Toda persona tiene un archivo de vida que no necesita ser indexado por Google para ser verdad; los algoritmos son efímeros, la huella humana en una persona beneficiada por un acto de apoyo es un dato permanente que no requiere servidor.
Sexto: La falacia de la métrica.
Un polític@ puede tener 100,000 seguidores y otros más comprados y no tener un solo voto real.
Un activista social puede no tener redes sociales y ser recordado por 1,000 personas que lo aluden en su vida diaria.
Así que pregúntate ¿Quién "existe" más?
La red social que confunde alcance con impacto.
Séptimo:
El algoritmo solo ve "perfiles", pero la realidad solo reconoce personas.
Los humanos ya tienen un lugar en el mundo físico que ningún código de programación puede borrar.
A lo que escribes:
“Mi asombro es que entre más idiota es lo que se presenta genera más impacto....
regresamos a la época de los bufones...
Solo que en aquella época los bufones, y antes el teatro griego, era una propuesta inteligente que fingía ser idiota, para criticar al poder...
hoy se es idiota por ser idiota....eso es lo de hoy, y eso es lo que vende y da presencia.”
“Pensamos que el asombro es positivo si lo usa como combustible para enseñar, pensar actuar pero es tóxico si lo usa como escudo para meterse en su concha o lo peor venderse caro.
El argumento central para refutar esa creencia no es negar que la idiotez tenga impacto, sino cuestionar la calidad y la duración de ese impacto.”
