La izquierda nostálgica y la derecha cómoda: dos formas de no resolver nada
Resulta desconcertante, por decir lo menos.
Que en medio de una reorganización del mundo hacia un futuro tecnológico y complejo, su propuesta sea regresar no solo a la insurgencia de hace tres décadas, sino incluso a un socialismo de corte estalinista.
Esta inutilidad de insistir en posicionamientos ideológicos anacrónicos, mientras la casa se está incendiando, es el síntoma de una ceguera voluntaria.
Resulta doloroso que, ante la crisis actual, se pretendan resolver los problemas del siglo XXI con las recetas fallidas del siglo XX, ignorando que la realidad exige nuevas respuestas para el tecnofeudalismo y la degradación urbana.
Este aferramiento al pasado no es solo una nostalgia romántica, sino un obstáculo directo: mientras se pierde el tiempo en anacronismos, se deja de lado la tarea urgente de crear mejores condiciones para atraer inversiones y fomentar una infraestructura que permita a las personas recuperar la soberanía sobre sus vidas.
Esta escena es solo un reflejo de lo que ocurre cada vez que una crisis bélica o social redirige el foco hacia puntos críticos como Cuba, asistimos a una función de teatro de sombras que se repite con una monotonía asfixiante.
La realidad, ese complejo entramado de hechos observables y necesidades materiales, ha sido sustituida por un despliegue de verdades prefabricadas donde voceros de todas las latitudes se atrincheran en etiquetas de izquierda o del liberalismo.
En este pasmo axiólogico, el discurso se llena de lugares comunes —justicia social, soberanía, dignidad— que, aunque sonoros, funcionan como callejones sin salida.
Se organizan foros y frentes cuyo único propósito real es levantar la mano para marcar una postura, una señal de identidad que no ofrece solución alguna a los problemas del mañana.
En lugar de mirar hacia adelante, todos despliegan sus dotes de análisis histórico para justificar que nada cambie, mientras la realidad observable se desvanece bajo el peso del dogma.
Esta sustitución de los hechos por una ficción coherente es lo que Hannah Arendt (1951) identificó como la base del control ideológico:
Cuando el ciudadano deja de creer en sus propios sentidos para aceptar la narrativa(s) del sistema(s), la realidad misma queda anulada.Lo cierto es que habitamos un mundo que no crece desde 2008.
Las economías languidecen sin inversión, el empleo se estanca y los salarios permanecen anclados, degradando la movilidad social........
