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La Ilusión de la soberanía en el tablero de la incertidumbre

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20.05.2026

Ese orden no está en pausa, está liquidado. 

Y cada mes que una nación, una organización o un liderazgo dedica a aguardar su regreso es un mes que otro actor —que ya aceptó la irreversibilidad del cambio— utiliza para construir las ventajas del nuevo tablero. 

La disyuntiva no es entre estabilidad e incertidumbre: 

Es entre quienes aprenden a operar en la incertidumbre como condición permanente y quienes se paralizan en ella. 

Esta reflexion  argumenta que esa parálisis no es accidental, que tiene arquitectos, y que la única salida viable pasa por recuperar la soberanía del criterio propio antes de que otros terminen de definirlo por nosotros.

La política contemporánea ha dejado de ser una disciplina de derroteros observables para convertirse en un sistema de gestión de incertidumbre controlada. 

Durante gran parte del siglo XX, la tesis de Kissinger —aquella que postulaba que los beneficios de los Estados Unidos eran, por extensión, beneficios para el orden global— operó como la brújula del Hemisferio Norte. 

Sin embargo, ese norte magnético ha perdido su fuerza, hoy observamos un divorcio absoluto entre el bien común y una racionalidad de grupo que ha capturado las altas esferas de la política a todas las escalas. 

En este nuevo escenario, la política no busca la evolución de las sociedades, sino la optimización de activos bajo una lógica de costos y beneficios que trasciende fronteras y ciudadanos. 

Es una política que se comporta como un algoritmo de extracción: 

Genera ciclos de crisis que vuelven siempre al punto de inicio, degradando la economía mundial y anulando cualquier visión de futuro a largo plazo.

Esta degradación no es un error de cálculo, sino una herramienta de control. 

Al mantener a las naciones en un estado de "presentismo absoluto", se inhibe la capacidad de planificación estratégica. 

La incertidumbre se vuelve el producto mismo del sistema, permitiendo que los grupos de poder —tecnofinancieros, industriales y algorítmicos— capitalicen el caos mientras las sociedades pierden la capacidad de distinguir entre el ruido y la señal. 

En este contexto, la soberanía se revela como una narrativa emocional más que como una realidad activa, en un mundo asimétrico, la soberanía absoluta es una quimera.

Cualquier intento de aislamiento choca con la imposibilidad física de autoabastecerse sin incurrir en un déficit paralizante, la verdadera soberanía ya no reside en el territorio, sino en la capacidad de gestionar las dependencias inevitables.

El caso de la OTAN ilustra perfectamente esta orfandad, creada bajo el auspicio de una potencia que hoy se percibe errática y centrada en sus propios intereses de grupo, la estructura defensiva de Europa se descubre atrasada y obsoleta. 

Se le pide a un conjunto de naciones que han vivido décadas bajo una tutela........

© Detona