Los cubanos debemos mirar con atención los sucesos de Irán
LA HABANA, Cuba — Para los latinoamericanos —y, en especial, para nosotros los cubanos— han adquirido una importancia de primera magnitud, para bien o para mal, las informaciones que nos llegan del distante Irán.
Es el caso que, al enumerar los países extranjeros que mayor interés ofrecen para la actual Administración de Estados Unidos, se destacan tres: el mismo Irán, Venezuela y nuestra Cuba, en ese orden. El presidente Donald Trump y su dinámico secretario de Estado, el cubanoamericano Marco Rubio, no desaprovechan ocasión para referirse a la necesidad de neutralizar los tres regímenes dictatoriales implantados en esas naciones: en los dos países hispanoamericanos, de corte marxista-leninista; en la antigua Persia, de índole teocrática.
Si nos atuviéramos a la cronología, tendríamos que mencionar en primer término a la fraterna Venezuela. Como se sabe, a inicios de este año (el 3 de enero, para ser más preciso), la Patria del Libertador recibió un golpe militar de características quirúrgicas, que culminó con el dictador Nicolás Maduro y su esposa arrestados y conducidos a Estados Unidos para que respondieran por delitos de narcotráfico y otros.
Pero el país sudamericano y el nuevo gobierno presidido por Delcy Rodríguez (que ha dado muestras de un talante mucho menos hostil hacia la superpotencia que el de su predecesor defenestrado) han pasado con rapidez a un segundo plano. En especial desde cuando Estados Unidos y su gran aliado mediooriental —Israel— atacaron con tremenda fuerza al feudo de los ayatolas.
Entonces pasaron a un primer plano los acontecimientos en el antiquísimo país persa. En primer término, claro, conviene destacar la virtual barrida que sufrieron los jefes chiíes. Aquí conviene destacar, ante todo, por supuesto, al llamado “líder supremo”, Alí Jameneí, un señor electo con carácter vitalicio por algunas decenas de clérigos, y que durante decenios ejerció su feroz dominio sobre el país completo, incluyendo a los más altos cargos electivos.
Porque sí, hay que decir que, en la República Islámica de Irán, se realizan de tiempo en tiempo elecciones, incluso para presidente de la República. Claro que estamos hablando de unos comicios manipulados por completo, ya que los mismos clérigos chiíes se reservan el derecho de vetar a los candidatos “inconvenientes”. Esto, a su vez, garantiza que el electo para el cargo sea una persona aceptable para los que de verdad mandan. Pero, en definitiva, es el pueblo quien elige (que es muchísimo más de lo que pudiera decirse, digamos, de Cuba).
Tras el tremendo golpe inicial que descabezó literalmente al régimen teocrático, se han sucedido informaciones sobre otros golpes, como el asestado, por ejemplo, a la estratégica isla de Kharg. En fecha más reciente, el presidente Trump anunció el propósito de bombardear en 48 horas los centros energéticos iraníes. Pero este perentorio plazo fue pospuesto cinco días, según la misma encumbrada fuente, debido a los avances observados en las negociaciones entre ambas partes.
En el ínterin, la clerigalla chií se apresuró a elegir a un nuevo “líder supremo”. El seleccionado fue Mojtada Jameneí, hijo de quien lo precedió en el cargo. Pero aquí conviene hacer algunas precisiones importantes, pues el nuevo jefe máximo y su trayectoria han dado bastante que hablar, ¡y no por gusto!
Para empezar, se trataría de un homosexual vergonzante. En cualquier país eso daría que hablar (sobre todo si se trata de una persona que, como se suele decir, “no ha salido del clóset”). ¡Pero en el Irán de los ayatolas, donde los vínculos amorosos con personas del mismo sexo constituyen un delito grave y muy castigado, esto resultaría el colmo! Se afirma incluso que el occiso Alí Jameneí se oponía a que ese hijo suyo fuese su sucesor, y se especula que ello se debería a que conocía de esa predilección…
En cualquier caso, mucho más importantes que las preferencias sexuales del escogido es la falta de actividad pública que lo ha caracterizado (algo que sí resulta funesto en un “líder supremo”). Se afirma incluso que fue alcanzado por la metralla desde el primer día, y algunos especulan que se encuentra desfigurado. El hecho cierto es que, desde su elección, no ha dado la cara.
Pero en lo que sí resultan incombustibles los líderes de Irán (igual que los de Cuba) es en la retórica. Ellos niegan que estén sosteniéndose conversaciones (lo mismo que decían los cotorrones castristas hasta que Díaz-Canel los desautorizó). Pero sí reconocen haber rechazado la propuesta norteamericana (según afirmó un vocero a través de la agencia oficialista Press TV, ¡porque la consideran “excesiva y alejada de la realidad del fracaso de Estados Unidos en el campo de batalla”!).
En cualquier caso, es inmenso el vendaval de fuego que podría desatarse sobre el país persa. Y conste que me refiero no solo a las posibilidades de la superpotencia y sus aliados israelíes. También tengo en mente las fuerzas saudíes y de los Emiratos Árabes Unidos, países que cuentan con grandes fuerzas y armamento modernísimo, pero que hasta el momento han tolerado los intentos de Irán para cerrar el Estrecho de Ormuz, y también han soportado algunos golpes de represalia asestados por ese mismo país contra determinadas instalaciones de sus territorios.
En cualquier caso, los interesados en el caso de Cuba deben mirar con gran atención los sucesos futuros vinculados con el gobierno de Teherán. Porque resulta evidente que, si nuestra Isla es el último integrante del trío arriba mencionado, las experiencias persas (y también las venezolanas, claro) deberían ser muy tomadas en cuenta en La Habana. Esto con vistas a tratar de evitar que se repitan las que tienen un carácter adverso.
En el ínterin, observamos que tres dictaduras que se contaban entre las más feroces del mundo han comenzado a ser neutralizadas de un modo u otro. Observaremos con gran atención cómo se desarrollarán los acontecimientos en nuestro entrañable archipiélago caribeño.
