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Irán y Venezuela: ¿qué revelan estos casos sobre el futuro del régimen cubano?

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09.04.2026

LA HABANA.- Ha tenido una notable repercusión la entrevista concedida por el actual líder formal del régimen cubano a la revista estadounidense Newsweek. Se trata de un hecho que ha suscitado una crítica terminante por parte del destacado opositor José Daniel Ferrer, como puede apreciarse en este mismo diario.

Si tuviese que caracterizar esa entrevista en una frase breve, diría que estamos ante una repetición de planteamientos que, para cualquiera que haya seguido la propaganda y la agitación castrocomunista durante estos dos tercios de siglo, resultan archiconocidos. El presidente votado —que no electo— por unos pocos cientos de compatriotas desaprovechó una buena oportunidad para decir algo nuevo.

Esto significa que Díaz-Canel hace honor al continuismo que constituye uno de los ejes centrales de su retórica (ya sabemos que una de sus expresiones favoritas es “Somos continuidad”). Sin embargo, también sabemos que aplicar las mismas soluciones a situaciones sustancialmente distintas no es la política más conveniente ni la más productiva.

No es lo mismo —¡no puede serlo!— el pueblo deslumbrado por las políticas populistas de los primeros años de la dictadura castrocomunista, una parte considerable del cual aún creía en esa entelequia llamada “revolución”, que el de hoy. El cubano actual está abrumado por la ruina productiva, la miseria, los constantes apagones, la virtual desaparición del transporte y la inflación desbocada; en resumen, por más de seis décadas de promesas incumplidas que hoy desembocan en una situación crítica.

Pensar que los habitantes de la Isla estén dispuestos a arriesgarse para defender al régimen implica ignorar la realidad. Es comprensible que, ante la represión feroz contra quien protesta o critica, muchos ciudadanos opten por el silencio. Pero asumir que ese silencio equivale a respaldo sincero al sistema es un salto injustificable.

Además, no solo ha cambiado —¡y de qué manera!— el pueblo cubano. También es distinto hoy lo que durante décadas la propaganda oficial denominó “el gobierno imperialista”. ¿Acaso no han advertido que la Administración encabezada por Donald Trump ha dejado atrás los esquemas tradicionales de Washington?

El actual inquilino de la Casa Blanca y su equipo —entre los que destaca el cubanoamericano Marco Rubio como secretario de Estado— han establecido nuevas reglas del juego. Sus adversarios pueden criticarlas cuanto deseen, pero resulta difícil negar su efectividad.

Los hechos están ahí. A quienes apuestan por el continuismo desde el habanero Palacio de la Revolución les convendría observar con objetividad lo ocurrido recientemente en Venezuela y en Irán.

En la patria de Bolívar, Nicolás Maduro desestimó durante mucho tiempo las ofertas que le proponían abandonar el poder a cambio de garantías. Esas propuestas incluían refugio seguro y la no extradición por los delitos que se le imputan. Maduro confió en dilatar las negociaciones y en la protección de sus entornos blindados. Pero los acontecimientos del 3 de enero cambiaron el panorama.

Las ofertas cesaron abruptamente. Los custodios extranjeros sufrieron bajas significativas, mientras que la operación se ejecutó con precisión quirúrgica. Hoy, desde su celda en Nueva York, el exmandatario dispone de tiempo para reflexionar sobre sus decisiones. Mientras tanto, el nuevo gobierno encabezado por Delcy Rodríguez avanza en la normalización de relaciones con Washington.

Algo similar, aunque de mayor escala, ha ocurrido en Irán. Los ataques de Estados Unidos e Israel desarticularon la cúpula del régimen teocrático, incluido su líder, Alí Jameneí. Es probable que no imaginaran una respuesta tan rápida tras la represión de las protestas internas.

Hoy, el régimen iraní muestra señales de cambio. Aunque mantiene su retórica, en la práctica se muestra más dispuesto a negociar con la potencia que durante años calificó como “el Gran Satán”. El reciente acuerdo de alto el fuego podría ser una señal en esa dirección.

De vuelta a Cuba, la actual dirigencia haría bien en analizar estos precedentes. No se trata de simpatía, que no existe, sino de realismo. Si los actuales dirigentes no se adaptan, otros —quizás igual de ideológicos, pero más pragmáticos— podrían ocupar su lugar.


© Cubanet