De “Cuba no está sola” a “implementar cambios urgentes”
LA HABANA. – A poco más de un mes de la conferencia de prensa en la que Miguel Díaz-Canel dilapidó dos horas del tiempo de los cubanos para demostrar cuán alejado se encuentra de la toma de decisiones importantes con respecto al futuro del país, su discurso ha saltado de la esperanza en el apoyo del “sur global” y la garantía de que “Cuba no está sola”, a la exigencia de implementar con urgencia los cambios necesarios en el modelo económico y social cubano. Sus palabras, una vez más, generaron carcajadas, críticas, memes y sólidas oposiciones de expertos que, en los últimos años, no han hecho otra cosa que alertar, paso a paso, del empeoramiento de la crisis y ahora, con todos sus pronósticos cumplidos, vuelven a advertirles, no ya a quienes gobiernan, que esos no atienden a razones, sino a los cubanos interesados en análisis sensatos y objetivos sobre el estado de la nación, que por ahí no es.
Así como nunca supimos a qué se refería Díaz-Canel con eso del “sur global”, sabemos que no porque él lo exija se producirán en Cuba los cambios que debieron implementarse diez años atrás. Es más, si él lo exige, podemos dar por hecho que nadie moverá un dedo. Quien no logró convocar a los cuadros para recoger basura, no podrá movilizarlos para rescatar un modelo socioeconómico agotado. Ninguno de ellos sabe cómo hacerlo, y es precisamente en esa incapacidad que se fundamenta su elegibilidad para ocupar los altos escaños en las estructuras del gobierno. Están donde están porque no producen ideas, así que el último llamado del designado por Raúl Castro no pasa de ser panfleto de rutina para los informativos nacionales, y parte de la estrategia del castrismo para ganar tiempo, mientras intenta demostrarles a Donald Trump y Marco Rubio que ahora sí están dispuestos a darle los palos al mulo, aunque el mulo ya esté muerto.
El ataque a Irán ha dejado claro, para quienes todavía dudaban, que Trump no tiene reparos a la hora de asumir los desafíos que otras administraciones estadounidenses rechazaron o pusieron en pausa por tiempo indefinido. Ni el Congreso, ni Naciones Unidas, ni la Unión Europea serán obstáculos que impidan la respuesta del republicano y su equipo ante lo que considere una amenaza abierta contra Occidente en general, y Estados Unidos en particular.
La captura de Nicolás Maduro en Venezuela fue solo el principio. Siguiendo la lógica de que lo primero es limpiar la casa y sus zonas aledañas, muchos se convencieron de que Cuba sería el próximo objetivo. Tan seguros estaban que iniciaron los preparativos para celebrar la caída de la dictadura, un arrebato de alegría comprensible, pero prematuro. La Casa Blanca aprobó un grupo de medidas para inducir una parálisis progresiva a la ya devastada economía cubana y dejó al régimen agonizando mientras seguía de largo hacia Oriente Medio para darle caza al pez gordo.
El castrismo apenas puede moverse, pero sigue dando coletazos. Ha acusado de terrorismo a los tripulantes de la lancha procedente de la Florida, que pretendían desembarcar para comenzar una acción armada en la Isla. Diez ciudadanos panameños fueron arrestados hace un par de días presuntamente por pintar carteles antigubernamentales. Los presos políticos siguen tras las rejas y su número va en aumento.
Todas estas señales entrañan un mensaje disuasivo. Es importante que los cubanos dentro de la isla no perciban el menor indicio de debilidad, aunque las divisiones en la cúpula salieran a la superficie tras conocerse que el nieto de Raúl Castro conversaba con Marco Rubio mientras la diplomacia cubana y Díaz-Canel negaban que existiera un diálogo con Estados Unidos sobre el futuro del país. Es importante que, a pesar del evidente cisma en las alturas, los cubanos den por seguro que la maquinaria represiva se mantiene intacta, con ojos puestos en lo que se gesta dentro tanto como en lo que viene de fuera.
Ese miedo conviene a todas las partes, excepto a los que temen. El castrismo mueve sus fichas bajo la certeza de que no habrá una revuelta popular, que los apagones pueden eternizarse y el verano puede estar al doblar de la esquina, pero el pueblo ya tomó la decisión de dejarse matar antes que optar por la rebelión. A Trump y Rubio les conviene una Cuba tranquila, lo mismo para adelantar sus intereses económicos en el territorio que para ejecutar una “toma de posesión amistosa”.
Washington prefirió arrasar con el régimen de los ayatolás y regalar tiempo a La Habana para qué decida cómo quiere jugar el resto de esta partida geopolítica. Ya se ha visto la tibia respuesta de Rusia y China ante el ataque a Irán, y si dos grandes potencias actúan así con un importante socio energético y político, qué puede esperar Cuba del “sur global”, alborotadores de extrema izquierda que facturan a costa de inmiscuirse en realidades que desconocen; gente como esa que, a inicios de semana, preparó en Madrid un evento sobre Cuba y negó la entrada a un grupo de cubanos por sus ideas políticas.
Con ese respaldo cuenta La Habana en una Europa que atraviesa un escenario demasiado delicado para lidiar con las quejas de una dictadura que no fue capaz de adaptarse a los nuevos tiempos, ni se dio cuenta de que su posición estratégica a la entrada del Golfo de México no solo ha perdido relevancia en comparación con otros enclaves, sino que puede ser, en cualquier momento, tomada por la fuerza.
