Cuba: la libertad de todos frente a las distracciones del régimen
LA HABANA.- Muy comprensible que la entrevista de Sandro Castro en CNN avive las pasiones y desconcierte a unos cuantos, de todos los bandos, pero eso, junto con la entrada del buque petrolero ruso y la emisión de dos nuevos billetes de alta denominación, vuelve a distraer la atención, y dejamos de mirar a dónde realmente habría que hacerlo, con toda la indignación y la urgencia que demanda de nosotros el abusivo encarcelamiento de un adolescente en Ciego de Ávila por expresar en voz alta y en la calle lo que todos decimos bajito en nuestras casas.
Una vez más no alcanzamos a identificar esa circunstancia y ese elemento que nos pudieran unir en los reclamos de justicia, más allá de nuestras ideologías. ¿Qué pueden importar un buque con petróleo y lo que diga o haga Sandro Castro frente a la crueldad, al horrendo crimen de encerrar a Jonathan David Huis Burgos, un niño —porque sin dudas lo es, por su edad y por su apariencia—, para usarlo como rehén cuando se les antoje? Porque eso es lo que hacen y harán, así como ha sido práctica habitual con otros jóvenes y “gente molesta”.
Ahí están los casos, igualmente de enorme crueldad, de lo que han hecho con los muchachos de El4tico, de Fuera de la Caja, del Movimiento San Isidro, a los que insisten en tratar como a delincuentes. Luis Manuel Otero Alcántara, por ejemplo, lleva encarcelado más tiempo que lo establecido por su condena y ha comenzado otra huelga de hambre en tanto teme por su vida. Pero continuamos cometiendo el error de enfocarnos en Sandro e ignorar o minimizar el peligro que corren Luis y los demás jóvenes secuestrados por la policía política, porque así de grave es la situación.
Es necesario que entendamos que, así como la cuestión primordial es exigir la liberación de todos los presos políticos y de conciencia; el cese del acoso policial a pensadores, escritores, artistas y disidentes; el destierro de “gente de interés”, también lo es que acabemos de una vez y para siempre ese vicio de hacer las cosas al revés; es decir, que lejos de pedir libertades para todos, sin distinción, nos enfrasquemos como tontos en exigir que todos sean tratados como iguales bajo una especie de “injusticia pareja”, que terminamos estampando en nuestro pensamiento como la única “justicia” a la que podemos aspirar.
Así como el tanquero ruso con sus 700 mil barriles no resolverá los apagones —por la simple lógica de que tampoco desaparecieron estos cuando el régimen recibía de Venezuela, en un año, veinte y treinta veces más que eso—, la justicia en Cuba no comenzará cuando Sandro Castro sea apresado, acosado y golpeado, así como ha hecho la policía política con quienes no gozan de la “gracia” de su apellido, sino cuando todos podamos hacer lo que él ha hecho en CNN o aquí en CubaNet, o hasta en la televisión oficialista, igual sin consecuencias, o cuando hagamos más.
Sandro ha transgredido por mucho los límites de la “normal” hipocresía de su sangre, pero igual se ha cuidado muy bien de no ir demasiado lejos. Precisamente porque sabe mejor que muchos dónde pisar, el momento de hacerlo y, a mí en lo particular, me provoca pensar en esa su habilidad de dinamitar sus propios límites y hacer pasar como juego algo verdaderamente peligroso (y que les pregunten a otros miembros de esa misma familia que han debido marcharse al exilio por no arriesgar más de lo debido).
No obstante, lo que ha opinado de la gestión de Miguel Díaz-Canel no es algo de su propia cosecha. Lo dicen casi todos en su círculo familiar y en las más altas esferas de poder, de modo que no ha visto demasiado peligro en expresar lo que otros murmuran, y también porque, como los demás, ya sospecha que esa cabeza está a punto de caer, y que por escupirla no le jalarán las orejas más de lo habitual.
Sandro al menos aparenta que se arriesga, hasta donde le es posible soportar el riesgo. Y no es que debamos ver eso como meritorio, para nada lo es, mucho menos cuando insiste en proyectar una imagen de su abuelo Fidel que no se corresponde con la realidad y que contradice sus propias aspiraciones, pero sí hace lo que desde su perspectiva personal entiende como necesario para cambiar esa realidad y comenzar a construir el país que ha imaginado y, lo más importante, sin comunismo, al que identifica a las claras como lastre para sus negocios, así como lo hacemos la mayoría de nosotros.
Es una vergüenza que volvamos a caer una y otra vez en la misma trampa de las distracciones tan convenientes. Que algunos se conformen con que encierren a Sandro Castro, a la vez que les importa un comino si liberan o se ensañan con Jonathan David, y solo porque no logran sacar de sus cerebros ese cáncer del igualitarismo que nos contagió el castrismo para eso mismo: para enfrentarnos con envidias, rencores y demás estupideces unos contra otros, con el único objetivo de que jamás logremos unirnos, por sobre nuestras diferencias políticas e ideológicas, y así forzar la caída de lo único que debe caer para resolver todo de una vez y para siempre: el castro-comunismo y eso que dice ser su “continuidad”.
