Estamos al borde, pero es un borde sin fin
LA HABANA, Cuba.- Desde el 3 de enero los cubanos, de una forma u otra, vivimos en vilo, más pendientes que nunca de las últimas noticias, de lo que se dice aquí y allá, de las bolas que se corren y desaparecen sin mayores consecuencias, de los murmullos, de los indicios. La esperanza inicial se ha convertido en anhelo y expectación prudente, porque lo que se creía cuestión de días sigue alargándose, y no sería la primera vez que el desenlace pronosticado, inminente, se trueca en una coda interminable, en un “todavía no”, en una nueva temporada, en fin, la continuidad.
Casi todas las administraciones estadounidenses han decretado, con estas u otras palabras, el término de la dictadura. Con el rodar del tiempo y los desencantos, tales augurios han valido solamente para generar titulares y agitar el avispero por un par de semanas. Luego todo se tranquiliza, los castristas vuelven a sus millones, el pueblo a su mismidad y el mundo libre a su normalidad, nunca mejor dicho, que para Europa no hay nada más normal que ver el desastre solo cuando este adquiere una magnitud imposible de ignorar, lo cual explica que justo ahora se den cuenta de que en Cuba hay una crisis humanitaria.
Nosotros, los que llevamos años padeciendo el trance, adelantándonos a sus sucesivos agravamientos, sorteando como podemos -y a veces con la ilusión de que podemos- estrecheces inimaginables, nada esperamos de la Unión Europea y, en las últimas horas, vamos esperando un poco menos de Estados Unidos, mientras nos caen a palos por todos lados.
La Corte Suprema puso freno a la decisión de Trump de imponer aranceles a los países que vendan combustible a Cuba. Es un fallo desalentador, pero la presión de Washington sobre el régimen se mantiene, eso dicen. Nosotros, aquí dentro, sí estamos sintiendo la presión, y también los emigrados, que no viven pensando en los suyos. El sacrificio de soportar esto y lo que viene sería menos duro si no se supiera que entre las mipymes autorizadas por el régimen a importar combustible figuran, para sorpresa de nadie, varias entidades que pertenecen a la familia Castro y a GAESA, valga la redundancia. Los que han ganado siempre, siguen ganando, y el combustible para la represión está garantizado.
Febrero ha sido el mes de los augurios. De “a esto le quedan días” pasamos a “el castrismo no llega al verano”, luego al veredicto del experto en energía Jorge Piñón: “si para mediados de marzo no vemos un tanquero en el horizonte, Cuba habrá llegado a la hora cero”, hasta que, finalmente, el Encargado de Negocios de Estados Unidos, Mike Hammer, afirmó que 2026 será el año del cambio. Sus palabras ofrecen una ventana amplia, más de trescientos días para que el cambio se materialice. En ese lapso los que hoy conversan sobre el futuro de Cuba deberán levantarse de sus respectivos asientos con un acuerdo bien amarrado, y los que cargan con el peso de Cuba -nosotros- tendrán que conformarse con lo que entre ellos quede dicho y sellado, sea con tinta sobre papel o con un apretón de manos, poco importa. La experiencia nos ha enseñado que ninguna de las dos garantías es cien por ciento fiable.
De la isla se habla con una mezcla de orgullo épico y conmiseración, desde un idealismo que promete matarnos más rápido que cualquier cerco energético. Los progresistas se aferran a la narrativa del bloqueo sin reparar en que al castrismo le ha importado tan poco este pueblo que empleó las licencias federales concedidas por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos para importar a la isla automóviles de alta gama, jacuzzis y otros artículos de lujo que mucha falta hacen a las buenas gentes de a pie, privadas de transporte, agua y pan.
Nada de eso resulta censurable para los defensores a ultranza de esta miseria nuestra, provocada por una casta que lleva 67 años robando impunemente gracias a la justicia socialista que es, además de ciega, corrupta. Para colmo, porque a este pueblo se le puede pedir la muerte y más, ya han salido otros a decir que una acción decisiva por parte de la Casa Blanca no se producirá a menos que los cubanos tomen las calles de forma espontánea y sostenida. Algún funcionario aseguró que Trump no permitirá una represión como la del 11 de julio de 2021, pero su certeza contrasta de un modo muy disuasivo con el arresto de los jóvenes de El 4tico, los cinco años de cárcel que hace una semana le impusieron a Sulmira Martínez, la condena de seis años dictada en enero contra José Gabriel Barrenechea, y el acoso a los chicos de Fuera de la Caja Cuba.
El bloqueo energético tiene sus fisuras. El combustible que importará el “sector privado” servirá a los negocios de la cúpula y al control ciudadano. El transporte público continuará escaso e impagable. La basura seguirá multiplicándose en las calles y la gente seguirá manteniendo a raya las epidemias con fuego, aunque ello signifique exponerse a la toxicidad que emana de la quema de desechos sólidos. De la producción agrícola y el hambre de la gente quién se acuerda. Así van las cosas mientras todos los días alguien afirma que Cuba está al borde del colapso, un borde engañoso que se prolonga sobre sí mismo, interminable.
