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Espionaje cubano en EE. UU.: cómo opera el régimen y por qué preocupa al FBI

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PUERTO PADRE, Cuba.- Cauta, quizás, ya la Dirección de Inteligencia (DI) en La Habana ordenara a sus oficiales operativos la suspensión temporal del enlace con sus agentes Made in USA. Y, no, no es para menos. El Buró Federal de Investigaciones (FBI), inusualmente, recién empleó las redes sociales para publicitar el espionaje cubano.

En trabajo operativo, a esa acción del FBI suele llamarse profilaxis general, y puede que sea un ejercicio didáctico, una lección explicativa, pública, de cómo funciona una amenaza criminal y qué hacer para contenerla; pero también puede ser una medida activa, exploradora de señales; pero, así mismo, puede funcionar como una modelación operativa, esto es, una atalaya de observación previa a una operación muy relevante. Son hipótesis.

Pero, en el caso de Cuba, por los antecedentes de los hechos y de las personas imputadas de crímenes de lesa humanidad, cualquiera de esas hipótesis es posible. Obsérvese este ejemplo, muy lejano en el tiempo, pero que diáfanamente retrata cómo desde sus orígenes funciona la manipulación castrista de la opinión pública internacional, y ya en esta ocasión primigenia, empleando uno de los más importantes periódicos de Estados Unidos.

Derrotado durante el asalto al Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953, y vuelto a derrotar el 5 de diciembre de 1956 tras el desembarco del yate Granma, la primera victoria de Fidel Castro no fue militar, sino de propaganda política y con alcance geoestratégico. Ese triunfo ocurrió en Estados Unidos. Lo proporcionó The New York Times con la entrevista realizada en la Sierra Maestra por Herbert Matthews a Fidel Castro, el 17 de febrero de 1957. Y para hacer creer a Matthews y al mundo que la minúscula guerrilla era una fuerza mayor, como en una escena de teatro, Fidel Castro hizo intercambiar vestuario y armas a los pocos guerrilleros, haciéndolos pasar una y otra vez a la vista del corresponsal neoyorquino.

De esa forma caricaturesca pero operativamente eficaz, estaban a la vista internacional, “victoriosos”, apenas una docena de guerrilleros de un destacamento de 82 hombres quienes, llegados de México, sin llegar a las montañas, en los cañaverales de la misma costa cubana habían sido diezmados. Traigo la historia al escenario geopolítico actual para mostrar cómo, desde muy temprano, el castrocomunismo incorporó la influencia de la información periodística cual fusil de asalto, y así mismo, como método y medio en el trabajo operativo, en especial dentro de los Estados Unidos, donde la contrapropaganda filocomunista es fundacional y no fruto de sucesos espontáneos.

La red de influencia y el trabajo operativo

Respecto a ese modus operandi, en el artículo Cuba al límite: el recurso de la rebelión frente al régimen, afirmamos: “Agentes de influencia sembrados directa o indirectamente —entiéndase, propagados a través de terceros y desde hace años por oficiales operativos de la inteligencia cubana en medios de Estados Unidos, España y México, por solo citar tres países— estarían marcando el paso como productores de ‘noticias’ de las conversaciones secretas de la administración Trump con el régimen del nonagenario dictador Raúl Castro”.

Esa situación operativa adversa para los Estados Unidos, por influencias perniciosas mediante la diseminación de agentes de influencia y de tontos útiles —“tontos útiles” es un concepto operativo y no baladí— moviéndose en los más importantes escenarios de la sociedad estadounidense, y con énfasis en las universidades, la prensa escrita, el cine, la televisión, la radio y las redes sociales, y lo que en realidad mueve ese teatro de títeres, la información obtenida por agentes de penetración “sembrados” en importantes roles de los poderes del Estado, es de tan vieja data como el régimen castrista mismo.

Dice de esa vieja data un hecho incontrovertible. El reclutamiento de esos importantes agentes de penetración descubiertos, algunos con 40 años de servicio —de los cuales el exembajador Rocha es hasta hoy el último—, fue aprobado por jefes de la inteligencia ya fallecidos hace años, a saber: Manuel “Barbarroja” Piñeiro, Joaquín Méndez Cominches, Jesús Bermúdez Cutiño… Y no fueron reclutamientos espontáneos ni al azar, sino resultado de años de selección, estudio y comprobación.

De forma estratégica, ya destinados a misiones muy específicas, esas personas fueron atraídas y llevadas a la colaboración secreta utilizando agentes indicadores, que suelen ser profesionales de las ciencias, las artes o las letras muy competentes. No se concibe, ni se espera, que en un mosaico de naciones como es la sociedad estadounidense, un oficial operativo de la inteligencia cubana realice reclutamientos a ciegas.

Personas como la señora Ana Belén Montes o el señor Víctor Manuel Rocha fueron seleccionadas, estudiadas y comprobadas en su etapa de latencia o pregerminación intelectual. Solo así se producen reclutamientos seguros, operativamente eficaces, y no importa si el reclutado fue llevado a la colaboración por base ideológica, interés material o comprometimiento, como puede ser el caso de un agente descifrado y capturado, que quizás no tenga otra opción para conservar la libertad o incluso la vida que colaborar.

Surgidos esos servicios secretos de Fidel y Raúl Castro mucho antes de que consiguieran el poder en 1959, el panorama de la inteligencia cubana hurgando secretos políticos, económicos, militares, científicos o sociales —ya fuere en suelo estadounidense o en cualquier lugar del mundo con interés operativo— no es nuevo, sino que incluso data de mucho antes de fundarse formalmente los órganos de inteligencia castrocomunistas: el Departamento de Información del Ejército Rebelde (DIER) en 1959, la Dirección General de Inteligencia (DGI) en 1961 y el Departamento América en 1975, adjunto al Comité Central del Partido Comunista de Cuba (PCC).

Tan reiterado y profuso quehacer cubano oculto, con vínculos en el narcotráfico, las guerrillas y con cuanta nación, grupo étnico o religioso fuera enemigo de los Estados Unidos, debió conducir recientemente a oficiales del FBI a esa mesa redonda difundida por redes sociales para explicar al público cómo funciona esa amenaza y qué hace el Buró para contenerla, según dijo Joshua Obstfeld, oficial de dirección operativa en la División de Contrainteligencia y Espionaje.

Pero, ¡Satanás…!, la mesa redonda del FBI adquirió sabor a opio cubano, sí, el tóxico de la mesa redonda de la televisión castrocomunista, cuando, como si quien hablara entre agentes federales fuera Arleen, célebre por sus desvaríos, comenzó a disertar una agente especial identificada como “Eliza”. Y “Eliza” dijo que los servicios secretos cubanos han “jugado muy por encima de su peso durante mucho tiempo” y que realmente han sido “una espina” en el costado de Estados Unidos, porque son “muy buenos” en lo que hacen, debido a la cercanía geográfica de Cuba y al supuesto temor histórico a una invasión estadounidense, lo que llevó a La Habana a invertir sostenidamente en inteligencia, influencia política y obtención de información, hasta un punto que Washington no comprendió a tiempo. ¡Ay, Dios!

Pues sí, parece que Washington todavía no ha comprendido. Óiganme, ¿quién dijo eso del “temor histórico a una invasión” como justificante del espionaje: Arleen en la mesa redonda de La Habana o “Eliza” en la del FBI?

Lo pregunto porque una agente especial del FBI está repitiendo un concepto del que, precisamente, Fidel Castro fue autor y que él mismo lanzó como cortina de humo para enmascarar su estrategia: la idea de que Cuba, como país amenazado, tiene derecho a defenderse plantando agentes en Estados Unidos.

Para “Eliza” y para todos los que piensan como ella, debemos hacer una precisión: el régimen castrocomunista, desde que tomó el poder en 1959 y hasta hoy, en lugar de defenderse de una invasión que nunca ha ocurrido —pese a haber convertido a Cuba en base nuclear soviética en 1962—, ha actuado ofensivamente contra Estados Unidos.

Y no lo digo yo. Lo admitió el propio Fidel Castro el 5 de junio de 1958, cuando escribió a Celia Sánchez:

“Al ver los cohetes que tiraron en casa de Mario (…) me he jurado que los americanos van a pagar muy caro lo que están haciendo… Cuando esta guerra se acabe, empezará para mí una guerra mucho más larga y grande: la guerra que voy a echar contra ellos…”.

Y, tan caro pagaron los “americanos”, que todas sus propiedades fueron confiscadas y ellos mismos expulsados de Cuba. Y tan “larga” ha sido esa guerra, que Fidel Castro murió en 2016 sin haberla abandonado, del mismo modo que hoy su hermano Raúl Castro, con 94 años, permanece aferrado al poder, gobernando un país en ruinas, sin saber —como ocurre en toda guerra— cómo, dónde y cuándo despertará… en caso de tener la suerte de despertar.


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