Por una nariz
De todos los sentidos que usamos habitualmente, el más desarrollado en mi caso es el olfato. Pudiera decir que es una bendición porque detecto de qué están compuestos muchos platos sin probarlos; pero a la vez es maldición, porque cada aroma artificial en 20 metros a la redonda se siente como un puñetazo en este cerebro sinestésico, y algunos logran causarme migrañas en cuestión de segundos.
Sobre todo detesto las esencias elaboradas con extractos frutales o de flores mezclados arbitrariamente, tan empalagosos que casi los veo deslizarse por los axones de mis infelices neuronas y causarles un cortocircuito. ¡Ni hablar de quienes intentan esconder su olor natural con colonias chillonas y el resultado es un destilado acre, como de levadura y alcohol conservados en madera vieja!
Debo confesar que antes de elegir amistades las huelo, y si su traza odorífica no me convence hay la más mínima posibilidad de empatizar. Puedo aceptar que la persona sea fea, torpe, gruñona y hasta bruta: con todo eso logro congeniar y algo bueno saldrá de ahí,........
