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Confusión sobre los emprendimientos

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14.04.2026

En cada campaña electoral aparece, casi como eslogan infalible, la promesa de “apoyar a los emprendedores”. Suena moderno, optimista y dinámico. Nadie puede estar en contra de la iniciativa individual, del esfuerzo propio ni de la creatividad productiva, mucho menos si esta tiene efectos en la economía interna. Entonces, hay que aclarar que el problema no es el emprendimiento sino convertirlo en sustituto de una política económica seria.

Bolivia no sufre un déficit de espíritu emprendedor. En realidad, su mercado laboral es estrecho, de baja productividad y alta informalidad. En ese contexto, muchas veces el “emprendimiento” no es una elección estratégica, sino una salida obligada ante la falta de empleo formal.

Sobre esa base, se confunde emprendimiento con desarrollo. Cuando miles de jóvenes venden comida desde su casa, revenden productos importados por redes sociales o abren micronegocios sin acceso a crédito ni escala suficiente, no estamos necesariamente ante un ecosistema innovador. En muchos casos, se trata de una economía de subsistencia más o menos sofisticada.

Eso no debe desmerecer el esfuerzo individual. Pero sí obliga a decir la verdad: no toda iniciativa es empresa. Y no toda empresa, sostenible.

El discurso político suele presentar el emprendimiento como fórmula mágica contra el desempleo. Se ofrecen pequeños fondos concursables, ferias ocasionales, capacitaciones básicas en marketing digital. Son herramientas útiles, pero insuficientes si no existe un entorno estructural que permita crecer, formalizarse y competir.

Lo que el país necesita no es multiplicar microemprendimientos frágiles, sino fortalecer pequeñas y medianas empresas capaces de consolidarse, generar empleo estable y aumentar su productividad.

El desarrollo no surge de miles de unidades productivas aisladas compitiendo por el mismo mercado reducido. Surge de empresas que escalan, invierten, innovan y se integran en cadenas de valor más amplias.

También es necesario elevar el estándar formativo de nuestros jóvenes. Apostar únicamente por talleres de “cómo emprender” sin reforzar educación técnica avanzada, ingeniería, tecnología, gestión industrial o comercio exterior limita el horizonte. El capital humano de alto nivel es el verdadero motor de la competitividad en cualquier país del mundo.

No se despega con artesanía precaria, sino con conocimiento aplicado.

Promover emprendimientos puede ser parte de una política pública razonable, siempre que esté integrada en una estrategia mayor: acceso real a financiamiento productivo, simplificación tributaria inteligente, seguridad jurídica, infraestructura logística, apertura de mercados y formación técnica rigurosa. De lo contrario se corre el riesgo de empujar a jóvenes entusiastas hacia proyectos mal planificados que terminan agotando ahorros familiares y frustrando expectativas.

Si la política quiere ser responsable debe dejar de vender el autoempleo como panacea y comenzar a hablar de productividad, escala y competitividad. El emprendimiento es el punto de partida, no puede ser el destino final de una economía que aspira a desarrollarse.


© Correo del Sur