Reforma al sistema político: dirección correcta, magnitud tímida
El autor de esta columna valora los cambios que introduce la reforma política aprobada por el Congreso, pero sostiene que son insuficientes para enfrentar la fragmentación y advierte que deja intactos sus principales motores: los distritos grandes y los pactos electorales. Concluye que “la reforma que importa, la que revise distritos grandes o al menos revise los pactos y les dé a las bancadas algo que ofrecer además de algo que castigar, sigue pendiente. Mientras no llegue, la fragmentación con representación seguirá fabricándose, elección tras elección, incluyendo el tamaño de la papeleta presidencial”.
Imagen de portada: Leonardo Rubilar / Agencia Uno
Esta semana quedó despachado el proyecto de ley que promete “promover la gobernabilidad y la representatividad del sistema político”. Conviene decirlo de entrada: el proyecto es un aporte, corrige problemas reales y varias de sus medidas apuntan en la dirección correcta. Pero no ataca el centro del problema.
Para evaluarlo con justicia hay que distinguir dos familias de remedios contra la fragmentación política: los que atacan sus causas y los que atacan sus efectos. La principal causa, en lo que al sistema electoral concierne, es la magnitud de los distritos, es decir, el número de escaños que elige cada uno. El principal efecto es la dificultad del Ejecutivo para negociar con un Congreso poblado de actores pequeños y no siempre alineados programáticamente. Toda reforma seria debe medirse contra esas dos varas.
¿Qué hace esta ley sobre las causas? Encarece la entrada. Elimina la vía de constitución de partidos en tres regiones contiguas y exige presencia en ocho; sube el umbral de afiliados de 0,25% de los votantes efectivos a 0,3% del padrón electoral, que es sustancialmente mayor; inhabilita por cuatro años a los organizadores de un partido para competir por otra tienda (probablemente la medida más destacable); limita las candidaturas independientes al 50% de las declaraciones de cada partido; y traslada al parlamentario díscolo, y ya no a su partido de origen, el costo económico de cambiarse de........
