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Más allá de "los jóvenes no leen": cómo el scroll infinito está cambiando nuestra relación con la información

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23.07.2026

El autor de esta columna sostiene que el sistema educativo debe enseñar nuevas competencias para pensar críticamente, evaluar evidencia y construir conocimiento en un entorno dominado por pantallas e inteligencia artificial. Concluye que «la alfabetización decisiva del siglo XXI sigue teniendo en la lectura profunda uno de sus pilares fundamentales, pero ya no termina ahí. También exige la capacidad de buscar, evaluar, organizar y producir conocimiento en un ecosistema informativo tan accesible como complejo, donde conviven libros, pantallas, bases de datos e inteligencia artificial».

Imagen de portada: Álvaro Cofré / Agencia Uno

Todos en el curso de mi hija tuvieron una baja importante de notas en Historia durante el primer semestre. 6° básico, colegio particular del sector oriente de Santiago. Otros papás ya habían alegado por la cantidad de materia y la extensión de los textos y guías que sus hijos debían estudiar para cada evaluación. 20, 30, hasta 40 páginas algunos de ellos. 

El profesor jefe me reconoció que, respecto de esa materia y esas calificaciones, el problema no era de sus estudiantes, sino de ellos como institución. “Es como un mantra que siempre les decimos a los alumnos –me explicó–: tomen apuntes, hagan esquemas. Pero estamos fallando nosotros, porque dimos por hecho que lo sabían hacer, y lo cierto es que nunca se lo enseñamos”.

Eso explica por qué, en su mayoría, los cuadernos de los niños terminaron la primera parte del año prácticamente en blanco. Como también deben estarlo los de muchos de los y las hijas de quienes leen hoy esta columna. 

La explicación del docente podría sonar como una queja metodológica menor, o simple nostalgia por un oficio escolar en desuso frente a pizarras digitales y diapositivas descargables en PDF. Pero es mucho más que eso: detrás de ella se esconde una profunda grieta cognitiva de nuestro sistema educativo actual, y que está muy relacionado con lo que un reportaje de The Clinic evidenció el fin de semana pasado sobre el llamado “analfabetismo ilustrado”: la alarmante incapacidad de estudiantes de educación superior para abordar una lectura crítica y procesar textos complejos. Una realidad que luego se traslada al espacio laboral, pero que parte desde muy temprano.

Tomar apuntes no es un mero ejercicio mecánico de transcripción pasiva o velocidad caligráfica. Al contrario, es una competencia de alta complejidad que moviliza múltiples funciones ejecutivas de nuestro cerebro. Exige poner atención para escuchar un flujo continuo de información, decodificarlo, jerarquizar ideas sobre la marcha y decidir de forma instantánea qué es lo primordial y qué es secundario. Luego, sintetizar conceptualmente el mensaje y traducirlo a una estructura lógica con palabras propias. En suma, es el acto fundamental de transformar información dispersa en conocimiento personal estructurado. Y al dejar de entrenar y exigir este hábito en las salas de clase, no solo hemos abandonado una técnica de estudio; hemos atrofiado la gimnasia intelectual que enseña a los y las estudiantes a procesar e interpretar activamente la realidad.

Este síntoma revela que la crisis que hoy observamos en las aulas excede por mucho la falta de comprensión lectora como una mera dificultad para decodificar y darle sentido a un conjunto de caracteres. Nos enfrentamos a una transformación profunda en la capacidad misma de interactuar de forma crítica, consciente y activa con la........

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