Tres factores para la derrota de Orbán en Hungría
El autor de esta columna analiza la derrota de Vícktor Orbán en las elecciones del domingo pasado en Hungría. Sostiene que el voto húngaro en su contra «demuestra algo que sus admiradores en Buenos Aires y Washington preferirían no escuchar: que las democracias capturadas también pueden recuperarse, y que cuando la economía falla y la corrupción se vuelve demasiado visible para ser negada, ni la mejor ingeniería electoral del mundo alcanza para tapar el sol con las manos. Para Santiago, la lección es de advertencia: el camino que hoy se cierra en Budapest nunca debió abrirse».
Imagen de portada: Orbán con José Antonio Kast en febrero de este año / miniszterelnok.hu
El domingo, mientras los húngaros depositaban su voto en urnas para decidir si Viktor Orbán ejercía un quinto mandato consecutivo o cedía el poder al hasta hace poco desconocido Péter Magyar, Europa asistió a algo cualitativamente nuevo: la primera confrontación abierta entre el proyecto europeo y una alianza que hasta hace muy poco habría parecido impensable, la de Moscú y Washington bajo Donald Trump. No es una guerra de trincheras sino de instituciones, de reglas electorales fabricadas a medida, de servicios de inteligencia y de respaldos presidenciales. El escenario, sin embargo, es inconfundiblemente húngaro, y para entenderlo hay que conocer los estratos profundos de su historia política.
La extrema derecha húngara no nació con Orbán. Sus raíces se hunden en la convulsa entreguerras centroeuropea. Gyula Gömbös, primer ministro entre 1932 y 1936, fue el primer jefe de gobierno europeo en visitar a Hitler y en modelar su régimen según el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán. Gömbös articuló un nacionalismo étnico-cristiano con tonos anticomunistas y antisemitas que marcaría a fuego el imaginario político del país. Tras su muerte, ese legado se radicalizó: el partido de las Cruces Flechadas de Ferenc Szálasi tomó el poder en octubre de 1944 y organizó con eficiencia atroz las deportaciones y masacres de judíos húngaros que los alemanes ya no tenían tiempo de ejecutar por sí mismos.
El comunismo enterró esas tradiciones bajo capas de silencio oficial, pero no las extinguió. Cuando el sistema soviético se derrumbó en 1989, resurgieron con nueva voz. El más articulado de esos agentes de continuidad fue István Csurka, escritor y político nacionalista que fundó el Partido Húngaro de la Justicia y la Vida, desde cuya tribuna destilaba un irredentismo racial y un antisemitismo apenas velado. Csurka fue relevante no por su éxito electoral, sino........
