La camiseta parda de la UD Las Palmas
Lo ocurrido el 22 de agosto en el estadio de fútbol Alfonso Murube de Ceuta no fue una anécdota deportiva ni el exabrupto de un calentón pospartido. Fue una operación de agitación política con guion, escenografía y firma de autor. La exhibición de camisetas con el lema «Ceuta no se vende, Ceuta se defiende» —que la UD Las Palmas primero rechazó para «evitar una polémica política» y horas después abrazó en un giro tan burdo como revelador— apenas constituyó el prólogo. El acto central se retransmitió por UD Radio, el medio oficial del club, donde su presidente, Miguel Ángel Ramírez, convirtió una entidad histórica en tribuna de propaganda reaccionaria.
Las palabras son suyas y conviene fijarlas en el acta: «Que nadie juegue con Canarias, que nadie juegue con la UD Las Palmas y que nadie juegue con lo que significa España para los canarios»; «Los canarios estamos hartos de estar recibiendo inmigrantes. Somos españoles y vamos a muerte con España»; «Nunca vamos a ser marroquíes». A ello sumó el anuncio de liderar una movilización callejera para «explicarle a Marruecos que somos España». Hechos, los verbos. El juicio es el que sigue: la equipación oficial viste de amarillo y azul; la retórica que la envolvió fue, inequívocamente, parda.
La primera operación de todo impulso autoritario es gramatical: expropiar el «yo» para suplantarlo por un «nosotros» monolítico. Nadie ha otorgado a Ramírez mandato alguno para expedir certificados de canariedad ni para pautar qué siente el pueblo isleño. Se lo autoatribuye. En su «estamos hartos» fabrica una ficción demográfica y moral: pretende convertir a un archipiélago construido sobre la acogida y la dignidad en una masa informe vertebrada por el encono. Pero la democracia empieza precisamente donde se rompe esa ficción. La representación política ni se usurpa ni se liquida en un micrófono oficial: se delega, se fiscaliza y se revoca.
De la apropiación del «nosotros» a la construcción del enemigo no hay distancia; es el mismo mecanismo. Carl Schmitt definió el criterio de lo político en el antagonismo amigo/enemigo. Mientras que el constitucionalismo democrático busca neutralizar ese dualismo en el plano interno mediante el imperio de la ley y el pluralismo —relegando la enemistad existencial al ámbito de la guerra exterior—, la lógica reaccionaria la importa a la convivencia civil, convirtiendo la vida cotidiana en un campo de batalla........
