Para la CIA, vale todo
Para la CIA, vale todo
Autor(es): Pedro Antonio García
En la misión encomendada a sus agentes en apoyo el desembarco de una brigada invasora, la agencia estadounidense precisaba que un hombre solo, en posesión de explosivos, podía causar terribles conmociones en una gran ciudad
En una casa de la calle 11, en el capitalino reparto de Miramar, tenía lugar una importante reunión de jefes contrarrevolucionarios. Cuentan que una vecina de la vivienda tocó a la puerta. Cuando la abrieron, detrás de la mujer entraron abruptamente oficiales del G-2 armados que conminaron a los allí presentes a la rendición. Humberto Sorí Marín, quien de ministro del Gobierno Revolucionario se había convertido en un conspirador para derrocarlo, intentó escapar y lo hirieron en el tiroteo.
Además, fueron detenidos otros 11 desafectos, entre quienes se encontraban Rogelio González Corzo, Francisco para la CIA: el hombre fuerte en Cuba de la agencia estadounidense de Inteligencia, y Rafael Díaz Hanscom, coordinador del llamado Frente Unido Revolucionario; fue un intento de la administración Kennedy de lograr la unidad entre los grupos opositores al proceso revolucionario.
Esa noche, según testimonio recogido por el historiador Juan Carlos Fernández entre los veteranos combatientes del Ministerio cubano del Interior (Minint), acudieron a la residencia ocupada dos elementos hostiles a la Revolución en busca de órdenes para futuras acciones. Un oficial del G-2 les dio la bienvenida.
Misión: Paralizar La Habana
Según Lyman Kirkpatrick, inspector general de la CIA, en febrero de 1961 su entidad efectuó seis exitosas operaciones anfibias a Cuba con el fin de infiltrar armas y explosivos. En marzo siguiente ascendieron a 13, sin contar dos lanzamientos en paracaídas cuyo cargamento llegó sin dificultades a las organizaciones terroristas.
Este oficial también testimonió sobre los 31 agentes enviados a asesorar y entrenar a “la oposición clandestina”. Un mes más tarde la cifra había aumentado a 47, de los cuales, 21 se dedicaban a la contrainteligencia, 11 a la inteligencia positiva, nueve a propaganda y seis eran paramilitares.
En sus instrucciones, la CIA precisaba: “un hombre solo, en posesión de explosivos, puede causar una terrible conmoción en una gran ciudad”. Uno de aquellos agentes, capturado por los órganos de la Seguridad del Estado cubano, confesaría en un interrogatorio: “Nuestra misión era paralizar La Habana”.
En realidad, la encomienda resultó ser mucho más amplia: paralizar las ciudades de todo el país, con el fin de preparar condiciones para el proyectado desembarco de la brigada 2506 por la costa sur de Cuba, la que desarrollaba un entrenamiento a toda marcha en Centroamérica se.
Escuelas y maestros fueron víctimas del terrorismo. En San Pedro de Mayabón, Matanzas, el alfabetizador Pedro Miguel Morejón Quintana, de 19 años, fue asesinado el 22 de febrero por una banda de alzados. Y fue objetivo de un ataque vandálico la Academia Nobel, un colegio ubicado en la Calzada de 10 de Octubre.
A las cuatro de la tarde del 28 de febrero de 1961 el timbre anunció el fin de la sesión de clases. Las aulas comenzaron a vaciarse de educandos. Algunas alumnas entraron al baño para maquillarse. El resto del estudiantado y la mayor parte del claustro iban abandonando el plantel.
De pronto, ocurrió una estruendosa explosión. Un humo espeso inundó los pasillos y comenzó a escaparse por las ventanas rotas. Los estudiantes y profesores, desde la vía pública, volvieron sobre sus pasos. De los hogares cercanos acudieron vecinos. Los más temerarios entraron al local, sorteando escombros, afrontando el polvo.
La fuerza expansiva había destrozado los servicios sanitarios, junto con las paredes y buena parte del techo de las aulas aledañas. En uno de los baños hallaron los cuerpos sangrantes y semiconscientes de varias adolescentes. Una de ellas incluso se hallaba parcialmente enterrada.
El Comité de Estudiantes Revolucionarios había advertido desde semanas atrás a la dirección del plantel las actividades provocativas de un grupo de alumnos, que llegaron incluso a defender en público los actos terroristas contrarrevolucionarios. Avalaron la denuncia 64 firmas de educandos. Pero sus advertencias fueron desoídas por quienes se autotitulaban educadores.
Por aquellos días los terroristas colocaban bombas en los lugares más céntricos, ya fuera en la esquina de 12 y 19, en el Vedado, en plena vía pública del reparto Víbora Park y en establecimientos comerciales de las capitalinas calles Monte y Obispo. En el poblado de Cueto, hoy perteneciente a la provincia de Holguín, una manzana de casas quedó reducida a cenizas.
Cuando se celebraba un acto conmemorativo del sabotaje al vapor La Coubre, un miliciano identificó allí al principal sospechoso del incendio a las oficinas del acueducto de Regla, un expolicía de la dictadura batistiana, visiblemente armado. Al tratar de neutralizarlo, el exsicario extrajo su pistola y comenzó a disparar, ocasionando la muerte a dos transeúntes: el obrero Mario Rodríguez Anderson y el chofer Jesús Fandiño, los que, increíblemente, un historiador miamense catalogaría de “víctimas de la represión castrista”. El terrorista fue apresado.
La Lucha Contra Bandidos, organizada y planificada por Fidel, se desarrollaba entretanto exitosamente. El periódico Revolución revelaba el 14 de marzo: “de los 500 hombres aproximadamente que a principios de enero integraban los grupos contrarrevolucionarios, divididos en diez bandas, habían sido puestos fuera de combate 420, de la siguiente forma: 38 muertos y 382 prisioneros. Entre los contrarrevolucionarios presos o muertos, hay 32 cabecillas, [incluyendo a] seis de los diez jefes de bandas”.
Vía libre para la invasión
El 31 de marzo de 1961, viernes de Semana Santa en la tradición cristiana, se desarrollaba en Güines una procesión con el permiso correspondiente de las autoridades. De pronto un grupo comenzó a atropellar con su auto a aquellos que iban en el cortejo y a proferir gritos para quebrar la solemnidad del momento.
Las autoridades detuvieron a los provocadores, pero varios individuos armados pretendieron liberarlos. La Policía Nacional Revolucionaria (PNR) neutralizó a los agresores, 12 de los cuales fueron aprehendidos y puestos a disposición de los tribunales.
Esa misma mañana partieron con destino a Cuba desde la bahía Biscayne, Miami, los yates Marna y Pataño; y desde el puerto de Homestead, también en la Florida, el yate artillado Helen y el tanquero de cabotaje Tuna. Una quinta nave, la Western Union, con 1 800 galones de gasolina de alto octanaje, se sumaba al convoy.
De acuerdo con el testimonio del mercenario suizo Hans Tanner, quien viajaba en el Marna, el propósito de esa expedición era desembarcar un formidable cargamento de armas y unos 50 hombres por Boca de Sigua para apoyar una sublevación contrarrevolucionaria en el lomerío guantanamero.
La acción de un guardacostas cubano hizo abortar la operación. Tiempo después, el 8 de abril, la prensa nacional publicaba la captura de más de 100 alzados y colaboradores en los hoy municipios de Imías y Baracoa.
A centenares de millas de allí, en la base Trax, a unos 20 kilómetros de la base de Retalhuleu, Guatemala, la brigada 2506 culminaba una de sus últimas jornadas de entrenamiento, con vistas a la proyectada invasión de la CIA a Cuba.
En Washington, el subsecretario de Estado Chester Bowles entregaba a su jefe, el canciller Dean Rusk un memorando en el cual se argumentaba por qué dicha invasión iba a ser un completo fracaso. En caso de un desacuerdo de Rusk con lo expuesto, Bowles solicitaba permiso para llevar el asunto hasta el presidente Kennedy.
El memorando fue archivado y John F. no supo de su contenido. Ya la CIA estaba decidida a enviar la brigada 2506 hacia la Bahía de Cochinos.
Los libros Girón. La batalla inevitable, de Juan Carlos Rodríguez; Girón no fue solo en abril, de Miguel Ángel Sánchez; Diario de Girón, de Gabriel Molina Franchosi; Los mil días de Kennedy, de Arthur Shlesinger Jr.; y Bays of Pigs desclassified. The secret CIA report on the invasion of Cuba, de Peter Kornbluth. Textos periodísticos de los diarios Revolución y Hoy, febrero-marzo 1961.
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