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Migajeros del amor: ¿Por qué aceptamos tan poco cuando necesitamos tanto?

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03.02.2026

Hay amores que llegan completos y otros que apenas engañan el hambre por un instante. A veces una persona vive de migas: mensajes tardíos, gestos mínimos, apariciones fugaces que despiertan más ansiedad que cariño. Y surge la pregunta: por qué se acepta tan poco cuando se necesita tanto, por qué la intermitencia resulta tan familiar y por qué cuesta soltar un amor que nunca termina de llegar. Es una mirada a esa costumbre silenciosa de conformarse, a la herida antigua que la sostiene y a la posibilidad real de elegir un lugar donde el cariño alcance de verdad, sin pedir permiso y sin miedo a quedarse sola.

—¿Te volvió a escribir? — preguntó una universitaria en la fila del café.
—Sí. Un “hola, pensé en ti”.
—¿Después de cuánto tiempo?
— Cinco días. Justo cuando ya me estaba olvidando.
— Clásico. Te suelta, te huele bien y vuelve.
— Lo peor es que me alegré.
— Obvio. Todas nos alegramos. Es el reflejo condicionado del alma migajera.

Y juro que no suelo escuchar conversaciones ajenas, pero su expresión lo decía todo: pena, rabia y esa vergüenza que aprieta por dentro. No dolía lo recibido —esas migas tibias y confusas—, sino lo que despertaban: la memoria del hambre emocional.

Porque lo que hiere del migajeo no es el mensaje tardío, sino recordar cuántas veces esperamos lo mismo. Duele la migaja, pero duele más la costumbre.

Aceptar migas no es casualidad ni falta de amor propio. Es más profundo: tiene que ver con la historia afectiva que cada quien trae, con los cariños intermitentes, los silencios de infancia y las veces en que hubo que conformarse para no perder lo poco disponible.

Así se aprende que pedir más es peligroso, que........

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