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¡Intelectualoides, uníos!

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05.02.2026

Nadie es genio todo el tiempo. Nadie es tan genial como para no errar. La verdadera grandeza —intelectual y cívica— no está en tener siempre razón, sino en aceptar la posibilidad del error.

Hay una tentación infantil, y peligrosamente cómoda, en las masas contemporáneas: aferrarse al conocimiento de las ciencias sociales como si fuera una verdad revelada. No al conocimiento vivido, trabajado, dudado, sino al conocimiento delegado. El que otros piensan por uno. El que llega en formato de consigna, columna dominical o clip viral. En ese teatro, los intelectuales funcionan como sacerdotes laicos que interpretan el mundo y, de paso, nos eximen de hacerlo.

El problema no es que existan intelectuales. El problema es creerles demasiado, o pensar que juzgar es comprender (que no lo es): el juicio moral clausura; la comprensión abre.

Pensemos en tres figuras que, cada una en su continente, han cumplido ese rol de faro moral y cognitivo: Noam Chomsky en Estados Unidos, Michel Foucault en Francia y Carlos Peña en Chile. Distintos estilos, distintas tradiciones, pero una función similar: ordenar el caos para los demás.

Chomsky le enseñó a generaciones que el poder miente, que los medios........

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